lunes, 17 de junio de 2013

Helena

–Estoy agotada –me dijo Helena–. No dejará de llover hasta que logre cerrar los ojos.

Se me escapó una sonrisa burlona que en nada se parece a mis sonrisas cortesanas, porque ella debía estar loca si pensaba que este diluvio que arrastraba sembradíos enteros, anegando las cosechas, los caminos, que creaba cortos circuitos y trifulcas del tránsito, eran responsabilidad suya.

La tarde se nos encimó mientras intentábamos calentar nuestros cuerpos al amparo de un paraguas.

–Tienen que ser negros, Edgar. ¿Cómo se sentirá el agua cuando en su vertiginosa caída se encuentre con esa multitud de colores con que visten ahora a los paraguas?

Volví a sonreír, pero fui más compasivo.

La complicidad de Helena y las sombrillas no era nueva. Cuando intentábamos salvarnos del tumulto e iniciábamos nuestras interminables pláticas diurnas, el sempiterno quitasol era un obstáculo para el apasionado topetazo de nuestras miradas. Ella, ante la inocente congestión de mis palabras, divertida lo cerraba, dejando su rostro a merced del agua, y su insoportable belleza, a dos cuartas de mis labios, la mostraba como el ser más perfecto, amable y provocativo del firmamento. Entonces el párpado, al más ligero movimiento, fibrilaba la llovizna, las gotas se detenían. El cielo acalambrado rugía, Helena era consciente de ello, sin voluntad retomaba la rigidez ocular, encendía las varillas, el viento se intranquilizaba y el mundo esparcía nuevamente los acordes del chaparrón.

En aquellas charlas acuosas me contó de su desinterés por las horas secas, de su admiración por las ciudades lloronas donde el rocío furibundo se atasca en las muescas de la madera y la devora, y de Irlanda, con sus campiñas verdes todo el año y sus encapotados seres desprovistos de luz.

–El musgo que azota las rocas me proporciona una fascinación de la que ya no puedo prescindir.

Yo la amaba. Por eso me acostumbré a sus vigías siempre atentos que anhelaban cualquier síntoma de descanso, pues el agua, irreverente, se convierte en obsesión cuando se descontrola, y Helena estaba segura de que lo que empezó siendo una particular forma de añadirle ingredientes atractivos a su vida, terminaría siendo lo que le pondría fin.

–Edgar, tienes que ayudarme ¿Hace cuánto nos conocemos, diez, quince, mil, tres mil días?

–¡Dime tú! No sé –le respondí–. Para mí la inmortalidad comenzó contigo.

–Se avecinan catástrofes infinitas, no logro cerrar los ojos, aunque sea una vez, para que cese el aluvión.

La verdad, no tomaba en serio sus advertencias, me sentía cómodo siendo observado, siempre escudriñado, pero notaba cómo ella, ajada, se convertía a pesar suyo y de mi consagración, en un animal húmedo, desconfiado, asustadizo, al acecho. Me conmovió cuando, balbuceando, imploró:

– Ciérramelos, yo no puedo.

Como la amaba, me entrené acariciando sus escurridizas pestañas, aunque sólo fuera por acompasar aquella locura que la atormentaba. Con todas mis fuerzas hundí los dedos en sus cuencas frías por la vigilia, pero de nada sirvió, los músculos que la mantenían siempre alerta estaban tan desarrollados que ni un batallón de camelias suspirando los harían arrepentirse.

Lo intenté todo, le planté sobre los párpados caracolas abandonadas, troncos de árboles fugados del Dublín idílico, alhajas robadas del cajón de las abuelas, pero con cada milímetro de éxito aparecía el sudor enunciando la eternidad del temporal.

Resignado me hice partícipe, y le juré enamorado que tampoco yo cerraría los míos, que seríamos dos los inculpados por cualquier desbordamiento, por cualquier desastre incalculable. Helena comprendió. Sin un guiño tomó mi mano y atravesamos juntos el umbral del alud arrasador.


AMAURY PÉREZ VIDAL / LA HABANA / 2013


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