lunes, 17 de junio de 2013

Mis recuerdos

Memorias de Amaury Pérez escritas por él mismo
   

Yo nací un 26 de diciembre de 1953 a las siete y diez de la mañana en la clínica Marfán en la calle 17 del Vedado. Hijo de Consuelo Vidal Regal y Amaury Pérez García. Fui el primer hijo de mi madre que pasó, por delgada, las mil y una noches para parirme. Los dolores de parto le comenzaron en un programa de televisión, creo que en el estudio 11. Mi ginecólogo y pediatra primigenio fue el Dr. Catasús, un hombre blanco en canas que partió a Miami en 1960 y de quien guardo muy selectos recuerdos. Mis padrinos de bautizo fueron el locutor José Antonio Alonso y Felicia Amelivia, famosa actriz de radio que nunca llegó a la televisión porque tenía una voz bella pero no un rostro televisivo y que vivía en la playa de Boca Ciega.

Mi bautizo, auspiciado por la publicitaria Siboney, adonde pertenecía mi madre como anunciante, fue el primer bautizo televisado en vivo de América Latina ya mis padres eran unas celebridades y el festejo fue por todo lo alto. Casi desde que nací fui utilizado en comerciales de TV, mis primeras fotos lo confirman y los hice hasta que la televisión fue intervenida por la Revolución en 1960, después junto a Pedro Campanería, Carlitos Espasande y Enriquito Almirante formé parte del elenco de actores infantiles de la televisión. Hacía comerciales del queso proceso Nela, la guayaba Conchita, la pasta de dientes Gravi y muchos más. A mis padres les pagaban por eso y de alguna manera ayudé, sin saberlo, a la economía de la familia que por cierto era muy boyante porque los capitalistas pagaban bien el talento. Soy nieto por parte materna de Consuelo Regal y Gonzalo Vidal a quienes casi no disfruté porque decidieron vivir y morir en Miami desde 1959 y de Alcibíades Pérez y Delfina García por la parte paterna que se ocuparon de mi crianza y la de mis hermanos hasta su muerte igual que me tía abuela Carmen. Como tenía que hacer tantos comerciales en directo vivía casi en CMQ que era la emisora predilecta de todos los cubanos de entonces, mi único tío Tabaré Pérez era camarógrafo de la televisión y entre mis tíos postizos estaba el gran Caiñas Sierra, el mejor amigo de mi padre, y muchos de los artistas de la época entre los que recuerdo a Benny Moré, Celia Cruz, Olga Guillot, Albertico Insua, Rolandito Barral, Dinorah del Real, Freya García y Germán Pinelli entre otros.

En mi infancia padecí de un grave trastorno en mis rodillas y mi amantísima madre me llevó a la consulta del Dr. Bestard, en 21 e I, que me mandó unos soportes ortopédicos, metal y cuero, como los del niño Forrest Gump que mi madre se ocupó de suprimir después de semanas por la lástima que le daba el hijo minusválido. Nunca he dejado de tener dolores en las rodillas.

Recuerdo cada 6 de enero ir a la publicitaria Siboney, en el Nuevo Vedado, a escoger los juguetes que prefería, y aunque mi madre, nacida en la calle Mariano en el Cerro y mi padre en el Central Delicias en Chaparra, Puerto Padre, en el oriente de Cuba, tuvieron una infancia muy pobre, yo resulté ser, gracias a ellos un niño bien de clase media con todo lo que un infante puede anhelar. Conocí a Goar Mestre y sus hermanos, jugué bolas con ellos en los pasillos de CMQ de los que eran dueños. Eran buenas personas ocupadas de sus trabajos y de llevar el negocio familiar por buen camino. Cuando Goar, ya muy viejo y enfermo volvió a Cuba desde Argentina donde continuó su imperio televisivo para despedirse de sus muertos, lo acompañé al cementerio de Colón junto a mi padre; pocas veces sentí tanta emoción. Ahí estaba el dueño frente a mi y yo su agradecido empleado en las puertas de la muerte.

Después de transitar por tres casas en el Vedado (O y 25, N entre 25 y 23, y 25 e I) mis padres compraron un terreno en Fontanar, un remedo tercer mundista de Beverly Hills al decir de mi amigo Camilo Egaña, y se fabricaron la casa de sus sueños. Solo estábamos nacidos mi hermana Aimée y yo.

La CMQ TELEVISIÓN era un complejo de estudios que ocupaba lo que después fue el ICR (Instituto Cubano de Radiodifusión) y más tarde ICRT (Instituto Cubano de Radio y Televisión) situado en la intersección de las calles M y 23 y después abrieron dos estudios gigantes en el edificio Focsa nombrados el 17 y el 19. Quiero aclarar, por si las dudas, que yo era el niño consentido de Goar Mestre y se me permitían cosas que para los demás estaban vetadas como correr por los límpidos corredores, entrar a los estudios sin permiso y jugar bolas en la escalera que da acceso al edificio lo que provocó ciertas envidias entre los compañeros de mis padres.

La CMQ de mis recuerdos era un edificio resplandeciente, pulcro diría, con los pasillos lustrosos, los estudios impecables y modernos, con actores de talla internacional siempre impecablemente vestidos, y una disciplina ejemplar que funcionaba como un mecanismo de relojería, natural y sin fisuras como debe ser. El público se aglomeraba en la calle M, a ver descender por las maravillosas escaleras de granito gris a sus admirados artistas entre aplausos, vítores y autógrafos.

Mi vida, hasta los seis años era una mezcla de colegios y actividad laboral. Me levantaba temprano, un carro de CMQ me recogía en Fontanar para que hiciera un par de comerciales de la pasta de dientes Gravi cuando abría la planta con un noticiero a las ocho de la mañana. Durante algunos años me lavé los dientes en cámara. De ahí a la escuela hasta las doce del mediodía adonde el mismo carro me recogía nuevamente para hacer dos comerciales de mermelada de guayaba Conchita en El Show del Mediodía que dirigía mi padre, animaba Germán Pinelli y actuaban orquestas como La Riverside, La Aragón, El Conjunto de Roberto Faz y La Banda Gigante de Benny Moré entre tantos, de vuelta al colegió esperaba a que sobre las seis de la tarde el chofer, que se llamaba Gerardo Fernández (después fue recepcionista y más tarde coordinador de los controles remotos además de ser uno de los mejores amigos de mi padre), me recogiera nuevamente para hacer otros comerciales de mantequilla y queso proceso Nela en un show que animaban mi madre y Armando Soler (Cholito) que se llamaba Fiesta a las Siete menos Cinco.

De ahí a casa, a hacer las tareas y recomenzar el día con la misma encantadora rutina. Los fines de semana, en casa, Benny Moré y Olga Guillot jugaban dominó con mis padres y en fechas señaladas, cumpleaños y aniversarios de bodas, cantaban sus hermosas canciones. A mi abuela Delfina le molestaba, era una gran cocinera como todas las abuelas de antaño, que Benny se sacara la dentadura postiza y la introdujera en sus ollas de garbanzos, unas cuantas veces mi padre tuvo que intervenir para que Benny no siguiera con sus bromas y mi abuela, que era dulce y fiera a partes iguales ,terminará por provocar una masacre. Hablando de Benny, todavía rememoro cuando a la llegada a CMQ para hacer mis comerciales en El Show del Mediodía, me entregaban un termo supuestamente con café con leche para el Benny, tardé años en descubrir que dentro del termo había ron pues al sonero mayor le gustaba darse sus tragos antes de cantar con esa voz suya que el tiempo no ha podido borrar de mis oídos ni de los de tantos cubanos.

Mi padre, que comenzó en la TV como ofice boy, llevando jugos, cafés y cartas por los departamentos comerciales de CMQ, más tarde lograría un puesto de coordinador, ahora les llaman floor manager, y luego, en su primer trabajo como director, realizó el programa de cocina de María Dolores Gómez Kent, mucho antes de que Nitza Villapol hiciera su programa culinario que duró hasta su enfermedad y muerte hace años. De ahí pasó a producir Jueves de Partagás, (Una famosa marca de cigarrillos que era la auspiciadora) y que junto a Casino de la Alegría producido los miércoles por Joaquín M. Condall eran los dos programas musicales de más audiencia. Mi viejo, entonces no lo era, se involucró políticamente en la huelga laboral del 9 de abril, y cuando la huelga fracasó, tuvo que exiliarse en la Embajada Venezolana junto con mi tío Tabaré. Su primo el gran beisbolista del club Almendares Willy Miranda intervino por él con Ventura, uno de los más sangrientos represores del gobierno de Batista y él le respondió: “Dile a tus primos que salgan de la embajada, que se porten bien y que regresen a su trabajo, esto lo hago por ti, por la admiración que te tengo”. Willy contento le dio las gracias y ya en la puerta Ventura rectificó: “Mira Willy, para que mentirte, diles que no salgan porque si salen les arranco la cabeza a los dos”.

Mi padre y mi tío partieron al exilio en Venezuela y el otrora exitoso productor de Jueves de Partagás terminó vendiendo helados, en un carrito, en la Plaza Bolívar de la urbe Caraqueña.

Mi madre, cuando se enteró del exilio de mi padre se desmayó en un estudio de TV. La recuerdo muy triste y apagada en los dos años que duró la distancia obligatoria. Fue seguida día y noche por un carro de la policía a ver si ella participaba en las actividades “incómodas” de su marido. Todavía tiemblo cuando viajo a aquellos días de incertidumbre, asomados todos a las ventanas semicerradas, hasta que aburrido aquel carro negro se alejaba. Con los meses, al comprobar que mi madre era ajena a los trajines políticos de mi progenitor, dejaron de acosarla.

Un par de veces viajó a Caracas a visitarlo y mientras estuvo en la embajada de Venezuela le llevaba pasta de dientes y ropa interior. Cada vez que volvía a casa la sentía más deprimida. Cuando repienso en esos años la veo triste, abatida, sentada en un sofá, bajo una tenue luz, leyendo las cartas que mi padre le enviaba y llorando sola y mustia, sin embargo siguió haciendo sus novelas, siempre exitosas como “Entre Monte y Cielo” de Dora Alonso donde interpretaba a la Niña Lala y las Comedías del Domingo siempre junto a su gran amigo Eduardo Egea (Bebo) alternando con Rosa Fornés y Margarita Balboa y dirigida por Roberto Garriga el mejor director de comedias y teatros televisados que jamás tuvimos. Por fuerte, jamás dejó que alguien notara su desventura ni bajó la cabeza ante las miradas desconfiadas de sus compañeros. Por esa época mi tía abuela Carmen me llevó a la iglesia a escondidas de ella, mi madre no era religiosa, y eso me convirtió en el católico practicante que soy hoy. Mi madre había tenido un problemón con la alta jerarquía de la Iglesia Católica cuando hizo un chiste antireligioso en TV y el entonces Cardenal Arteaga la obligó a retractarse de rodillas en cámara so pena de perder el trabajo cosa que no se podía permitir. Por eso su postura anticlerical. Ni Monseñor Müller, que fue el sacerdote de mi bautizo, la pudo ayudar.

Ella se quedó con un solo salario, el suyo, y con el mantuvo además de a su familia, a la de mi padre que vivían con nosotros en Fontanar. Fue una madre amantísima, siempre al tanto de los detalles de mi hermana Aimée y los míos, y se convirtió en una trabajadora incansable que la mantuvo hasta altas horas fuera de casa. Yo aprendí a quedarme despierto hasta que ella llegara, aprendiéndome el sonido del motor de su carro alemán Opel desde que enfilaba la esquina de nuestra calle para quedarme dormido. Fueron años de soledad y tormento inigualables.

En diciembre de 1958 regresó a Caracas y estando allí se enteraron del triunfo de la Revolución. En esas semanas mis abuelos paternos y mi tía abuela Carmen se ocuparon de nosotros con esmero y dedicación. Lo hicieron siempre. Mis viejos regresaron juntos a Cuba el día 8 de enero del 59 y el día 13, cumpleaños de mi padre, mi madre le montó una fiesta extraordinaria, muy iluminada, en el jardín de nuestra casa lleno de figuras de la farándula y amigos comunes. La Banda Gigante de Benny Moré animó el convite mientras, en un pequeño parque de diversiones montado para la ocasión mi amiguita Elenita Caiñas y yo nos mecíamos indiferentes en nuestros respectivos columpios. Por aquella época, en la entrada de Fontanar, se situaba un inmenso árbol de Navidad importado de Canadá que muchos, de toda La Habana visitaban asombrados. La fiesta terminó allí ebrios de gozo y alcohol.

En el año sesenta nació mi hermana Ariana y junto con su nacimiento ocurrieron eventos que nos conmocionaron a todos; la CMQ fue intervenida, muchos de los artistas que formaban nuestro entorno emigraron entre ellos, y hacía Puerto Rico, Leopoldo Fernández (Tres Patines), Aníbal de Mar y su esposa la excelente comediante Mimí Cal para quien se había creado, junto al locutor Cepero Brito, el programa costumbrista “Detrás de la Fachada” mi madre fue la elegida para continuarlo y eso la acercó definitivamente al corazón del pueblo cubano hasta ahora años después de su fallecimiento.

Con la llegada de la Revolución mi vida, y la de tantos cambió para siempre. Con la supresión de la enseñanza privada los que habíamos estudiado en esos colegios nos vimos de repente asistiendo a escuelas públicas y compartiendo con niños de todos los estratos sociales, eso a la larga nos convino, pero el choque, al menos en mi caso fue brutal y desconcertante en un principio. A los niños, llamados “bitongos” como yo (término que definía a los de clase alta, o media, de padres no proletarios y con manías “burguesas”) recibimos el castigo verbal y físico de los desposeídos de siempre, los hijos de obreros y campesinos de todas las razas y credos que se volvieron en nuestros nuevos compañeros de pupitre y grafito, eso me hizo aprender a responder con puñetazos y patadas cada uno de los envites de aquellas fuerzas cada vez más numerosas y desconfiadas. Me gané de a poco su respeto, me enseñaron tolerancia y aceptación para con lo diferente, el sentido anticlasista y antirracista del que blasono y mi conducta ciudadana de hoy. Después de cuatro trompadas nos hicimos amigos y algunos seguimos siéndolo.

En Fontanar se inventaron una pequeña escuela primaria de urgencia, provisional y con olor a hormigón recién batido en la salida de Fontanar hacia el Wajay (recuerdo un aula que servía de almacén para los globos plásticos, del tamaño del casco de un constructor, de lo que fueron las bolas del árbol de navidad gigante de la entrada del reparto, era evidente que nunca jamás se pondría) mientras los albañiles trabajaban con esmero en lo que sería la Escuela Primaria Augusto César Sandino sobre lo que había sido un picadero de caballos frente al Club de Fontanar que el Grupo Rotario había edificado con canchas de squash, basket, tennis, beisbol y una espléndida piscina. Ahí fui feliz nuevamente y me convertí en un buen estudiante aplicado y cantarín porque participaba en todas las actividades culturales de la escuela cantando o recitando y sacando buenas notas.

En mi hogar todo era un revoltillo. Mi tía abuela Carmen trabajaba horas extra en la tienda El Bazar Inglés, yo la despedía sobre las 12 del mediodía, recién llegado de la primaria, en la parada del autobús, y la recibía tarde en la noche. Los domingos me llevaba a la Iglesia de la calle Reina, en Centro Habana pues no era conveniente, decía ella, que los vecinos nuevos supieran que éramos católicos. Mi padre multiplicó su tiempo y ya no solo hacía musicales en TV sino también actos políticos al frente de los controles remotos de nuestros nuevos líderes y además en la noche dirigía los shows del cabaret Parisién. Si no es por fotos recuerdo haberlo visto muy poco. Con mi madre sucedió otro tanto pero menos grave, comenzó a hacer radio, “Tía Tata cuenta Cuentos”, novelas radiales de Dora Alonso e Iris Dávila, (ya las había hecho en sus inicios en la Radio Cadena Azul de Amado Trinidad) desde temprano en la mañana y “Amigo y sus Amiguitos” los jueves donde yo participaba a ratos como actor en las tardes, además de “Teatros ICR” los lunes y “Detrás de la Fachada”, los miércoles en la noche, y para colmó se enredó en una aventura artística fabulosa con Joaquín Riviera y su show de cabaret “Consuelito en el circo” que se presentaba de jueves a domingo en el Cabaret del Hotel Internacional de Varadero y más tarde en el Copa Room del Hotel Riviera hasta bien entrada la madrugada. Siempre que podía nos venía ver, pero nunca fue tanto como ella hubiese preferido y como nosotros anhelábamos. La vida era así. Una tómbola frenética.

En las madrugadas me entretenía divertido viendo desde las ventanas del cuarto que compartía con mi hermana Aimée, el trapicheo de muebles de una casa a la otra. Resulta que los vecinos que abandonaban el país, una vez enterados de que sus permisos de salida eran aceptados y de que pronto les harían un inventario de sus pertenencias, regalaban bajo el oscuro manto de la noche, muebles, lámparas, ropa, cuadros, algunos de pintores famosos como Portocarrero o Mijares, y todo tipo de bien material. Parecían hormigas trasladando granos de arroz porque una vez que inventariaran y sellaran las casas todo debía ser inamovible o no les otorgaban la salida. En mi calle quedaron pocos y sus hogares fueron ocupados lentamente por familias provenientes de provincias. Algunas embellecieron sus nuevas moradas y cuidaron de ellas, otras sencillamente ….¡las destrozaron utilizando la madera de los muebles para hacer hogueras y hervir la ropa!

Con la ausencia definitiva de mis amiguitos y vecinos entre ellos Richard y Jorgito conocí a otros, algunos me encandilaban porque en su presencia sentía vestigios de tiempos idos como Leslie y Roy dos hermanos que estudiaban con nosotros en la primaria pero que no vivían en Fontanar, Tonita que es la mejor jugadora de Basket que recuerdo y la primera niña que movió mis hormonas. Más Pepito, Eddy, Donny, Baby (mi primer beso), Mitty, Armindo, Gerardo y Marileny, Bebita, Jimmy, Ramón Motoneta, Angelina (mi primer amor) entre muchos que iré nombrando con el transcurso de estas estampas y sobre todo a mis dos Maestras preferidas y amadas de primaria; Irene y sobre todo y hasta el final de sus días Zuluppa Olivé, mi profesora, amiga y confidente hasta mi adultez.

En 1963 Nació mi hermano Aram. Nuestro pediatra de entonces, el Dr. Pérez Farfante se ocupó de que su salud. Alguno de sus consejos me persiguen hasta hoy, como por ejemplo: No lavarse la cara con jabón para no eliminar la grasa natural del cutis, y jamás, estando por varios días en la playa, enjuagarse el agua salada diariamente, eso nos ha mantenido la piel tersa y limpia a pesar de los años transcurridos. Mi madre solo usaba cremas desmaquilladoras, jabón nunca. Su rostro se mantuvo casi igual hasta su fallecimiento. El extraordinario pediatra partió a Miami y desde cualquier lugar del mundo en que estuve y hasta su muerte, lo llamaba por teléfono y hablábamos por horas, con él y con su compañero el actor Pepe San Martín que se sorprendía de que yo lo recordara. Popo, que así le decíamos sus amigos y pacientes fue para nuestra infancia y mi familia un Dios salvador. Jamás lo olvido y debo nombrarlo en estas estampas por lo tanto que lo quiero. El olvido no es mi fuerte.

Mientras Popo se ocupaba de nuestra salud, yo tenía otros asuntos que resolver, entre ellos enamorarme. Ya me sentía listo para hacerlo, Quería un amor eterno como el de las películas.

Aunque fue una época de muchos amigos estaría mintiendo si no señalara especialmente al cuarteto que conformamos Pepito López Olivé (hijo de mi maestra Zuluppa) los hermanos Eddy y Donny Sicard y yo. Los cuatro andábamos siempre juntos buscando las fuentes del amor debutante. En el portal de casa de Armindo o de Baby y Mitty Camejo (hijas de la gran artista de los títeres Carucha Camejo) o en el garaje de la casa de Nidia nos entregábamos con frenesí al abrazo leve, al principio no más, mientras bailábamos al compás de The Beatles, Herman Hermits, Peter & Gordon, Dave Clark Five, The Monkeys y The Beach Boys (sobre todo el disco Beach Boys Party con su canción Barbara Ann) en este punto es bueno aclarar que Fontanar queda muy cerca del aeropuerto José Martí y era natural que los pilotos y el personal de los aviones le trajeran a sus hijos aquella música, que al menos en El Reparto, nunca fue vista con ojerizas y mucho menos como una invasión capitalista en nuestros oídos ni en el de nuestras familias. A veces nos pasábamos de la raya y un día, en una fiesta en el hogar de Arelys Pardo (hoy la veterinaria de mi perro) Pepito y yo nos robamos un disco, fuimos descubiertos, llamaron a la policía y recibimos ambos la reprimenda brutal de nuestras madres; jamás me he robado ni un lápiz recordando aquella tanda de golpes por el resto de mi vida. Mi madre era muy estricta en nuestra educación y siempre se lo agradeceré.

Teníamos un amigo llamado Euclides que funcionaba para nosotros como una especie de consejero sexual porque era, digamos, un poco precoz. Queríamos que nos explicara el valor de un beso profundo, de labios y lengua y lo visitamos, lo que nos encontramos no tiene desperdicio. La Mamá de Euclides se fajaba a gritos con una vecina. Alrededor de la escena yacían muertas una decena de gallinas, la vecina vociferaba: ¡Mire lo que le ha hecho su hijo a mis gallinas, degenerado, penetrándolas hasta matarlas! A lo que la Mamá de Euclides respondía con un insólito ¡Coño para eso es hombre! Así y todo Euclides continuó con sus clases, no las de su “romance avícola” y llegó la hora de la práctica del beso.

En la entrada de Fontanar, a la izquierda, había un parque rodeado de almendros. A mi me gustaba Baby Camejo, que también era una muchacha liberal y desprejuiciada y creo recordar que el gusto era recíproco. Con mis amigos cerca la invite a besarme. Fue un beso agudo, profundo y larguísimo que me hizo pensar al otro día que no había ocurrido. Quiero pensar que también era su beso iniciático pero quien sabe. Más tarde Eddy se hizo su novio, Pepito de Bebita, Donny de Susana Marrón y yo de Angelina Herrera que como ya he dicho, fue mi primer amor, sincero, apasionante, tierno, verdadero.

Al terminar el sexto grado era hora de escoger entre dos secundarias; la del Wajay que era maravillosamente relajada, casi libertina y Leonte Guerra en Boyeros cuya directora era temida hasta por el claustro de profesores. Mis padres escogieron por supuesto la de Boyeros (recuerdo a la siniestra “educadora” haciéndoles comer a los adolescentes fumadores las cajas de cigarrillos completas, romper el dobladillo de las faldas de las muchachas y para suprimir cualquier resto de maquillaje les metía las cabezas en un cubo de agua sucia) y los padres de Pepito, mi amigo más antiguo, lo matricularon también allí, al menos no estaba solo. Así comenzó mi séptimo grado.

El año que pasé en la secundaria Leonte Guerra de Rancho Boyeros me duró un siglo. No soportaba estar allí, la odiaba, y he borrado casi todos mis recuerdos por infelices, me convertí, poco a poco en un pequeño truhan. De aquel niño aplicado de la primaria empezó a quedar poco. Iba a la escuela pero no entraba, comencé a suspender exámenes y a enrolarme con nuevos amigos siguiendo sus peores pasos. Estuve solo una semana en la primera escuela al campo en Camagüey, pues me dio un ataque de histeria fingida y mi madre me tuvo que ir a buscar trayéndome de vuelta a casa. Fui abandonando, poco a poco, a mis viejos amigos de Fontanar menos a Pepito porque él no se dejó abandonar por mi. Alguno de los nuevos amigos, como Jorge López por ejemplo, era de los pocos que valían la pena, pero tampoco lo pude apreciar, y lo utilizaba para que me prestara discos que nunca devolvía, no los robaba, me hacía el distraído y pasaba meses con ellos en mi poder. Aprendí a fumar y a convertirme en un pedante, presuntuoso y engreído.

Pasaba mis días de fiesta en fiesta sin importarme otra cosa y tuve mi primera experiencia sexual en una humilde casa de Boyeros con una ingenua muchacha, de la que no diré el nombre, a la que engatusé con mis armas de entonces, mucha palabrería hueca, seca y desabrida. Recuerdo el entorno; cortinas rojas desteñidas, una cama single a punto de derrumbarse, paredes oscuras y marchitas y de fondo, como paliativo, Paul Mc Cartney entonaba You won’t see me del disco de The Beatles Rubber Soul . No fue una experiencia grata, fue todo rápido y desangelado y me convencí de que yo no estaba preparado todavía para satisfacer apetitos sexuales ni tenía curiosidad por explorarlos. Todo a mi alrededor era un desastre y lo peor, mis padres se enteraron. Tomaron una decisión devastadora para mi; becarme en un lugar donde me enderezaran. Como Conocían a Cordelia Navarro, hermana del poeta Navarro Luna y entonces a cargo de la dirección de becas del Ministerio de Educación la fueron a ver. Mi madre, a decir verdad, no estaba muy convencida de alejar al hijo del seno materno pero mi padre aseguraba de que si no lo hacían terminaría en la cárcel. En esos tiempos mi viejo tenía un gran poder de decisión dentro de la familia y mi madre no se atrevió a contradecirlo. Pasadas las vacaciones llegué a cumplir el octavo grado en la escuela Arbelio Ramírez, donde antes y ahora está el Hotel Copacabana.

El primer día, recién llegado y asustado, me pelaron al rape, me quitaron la ropa que traía y me entregaron un uniforme beige, medias, ropa interior incluidas, botas militares y un abrigo y me llevaron a lo que sería mi albergue. Lloré la noche entera, extrañaba mi casa, Fontanar, a mis amigos, a Angelina (nos escribimos cientos de cartas) a mis padres, mis abuelos, mi vida toda. Esa misma noche me robaron TODO lo que me habían entregado en la mañana y pasé un frío que todavía me congela. Arbelio Ramírez era un internado de disciplina semi-militar, se marchaba por la calle primera de Miramar a toda hora y por cualquier motivo mientras los estudiantes de natación de la escuela Marcelo Salado que estaba al lado se burlaban de nosotros despiadadamente. El director era una buena persona noble de carácter noble y aún nos vemos y saludamos con cariño. El subdirector un despiadado canalla, abusador y egocéntrico con ínfulas de general por el que el alumnado en pleno sentía poco más que desprecio cuando no odio. Nos otorgaban permiso para ir a casa una 48 horas cada 45 días y si te portabas mal te lo suspendían. Pepito, Eddy y Angelina me fueron a ver, escapados de sus casas, algunas veces y mis padres, sobre todo mi madre casi todos los domingos. Desde el principio tracé planes para que me botaran de allí lo más pronto posible. Tardé un año en lograrlo.

Hice buenos amigos en Arbelio, modelé mi carácter, como mis compañeros eran de distintas edades y casi todos de provincia, volví al principio pero ya con la experiencia vivida. Casi todos me querían incluyendo a los maestros, entre ellos recuerdo a María Caridad, profesora de inglés y esposa del entonces Presidente de la República Osvaldo Dorticós.

Del año en Arbelio Ramírez guardo el entrañable recuerdo de dos amigos; Julián Fernández que me enseñó a tocar la guitarra con la canción Because de Dave Clark Five y de Mario Palau que me mostró la literatura de Voltaire, Cesar Pavese, Oscar Wilde, Martí, y tantos imprescindibles además del gusto por la música clásica y la ópera.

Un día venturoso nos llevaron a escuchar obligatoriamente en el entonces cine teatro Chaplin, antes Blanquita y ahora Karl Marx, un discurso de José Llanusa que era ministro de educación y de un montón de cosas más porque parecía ser el ministro de todo incluyendo el deporte. El habló insultado de la que consideraba la peor escuela secundaria del país; la Carlos J. Finlay del Vedado y mi entusiasmo creció hasta convertirse en obsesión; si era la peor pues entonces tenía que ser la mía porque yo me sentía tan malo como la secundaria relatada. Me las ingenié, me porté lo peor desde esa bendita noche y al fin me expulsaron deshonrosamente de Arbelio Ramírez. Fue un día feliz. Para mi padre no tanto. Para el curso 68/69 o 69/ 70 no lo puedo precisar, matriculé triunfante en la secundaria de mis sueños . En 1970 mis padres se divorciaron. Ya vivíamos nuevamente en El Vedado.

Cuando uno es niño las estaciones transcurren con lentitud y tal parece que tienen 10.000 días en vez de 365. Igual ocurre con la adolescencia aunque ya menos. En la madurez, y su consiguiente podredumbre, un año es igual a un día, apenas estamos desmontando un árbol de navidad y ya estamos vistiendo el otro.

Los tiempos lejos de Papi, como siempre le dije a mi viejo, fueron sustituidos por otros “padres” y otras “madres” complementarias que se ocuparon de nosotros con inmensa pasión; No eran padrastros y mucho menos madrastas sino amigos, amigas y colegas de mi madre que llenaron nuestras vidas de candor, intensidades y pasión por la belleza y la alegría de vivir. Allí, en casa, estuvieron siempre para nosotros, visitándonos con frecuencia, los actores Enrique Santiesteban y Yuya, Reinaldo Miravalles, sin dudas el mejor actor de Cuba, y Nena, Enrique Arredondo, el ser que más me ha hecho reír y su señora, la bailarina y coreógrafa Gladys González, madrina de mi hermana Aimée, la escritora Martha González y su compañera Saskia Cruz y sobre todo y siempre Germán Pinelli a quien le dije Papá toda la vida y a quien no me canso de recordar. Papá Germán fue un antes y un después en mi camino hacía la luz. Era un hombre muy culto y tierno y me enseñó algo que nunca he olvidado: tener un sentido absoluto de la ética humana y profesional en cada instante de la sobrevida.

Los tres años que pasé en la Finlay, a veces me confundo y pienso que fueron más, me acercaron infinidad de hermanos y hermanas nuevos, nombrarlos a todos sería una catástrofe de incalculables proporciones e injusticia porque fueron muchos y todos extraordinarios. Nombrando a dos le estaría haciendo justicia a los demás y se verán representados todos: Cristina Jiménez (la negra Fuló, sobrenombre que aceptó con resignación) y Andrés Montes (Andy) uno de mis tres mejores amigos desde ayer hasta hoy. Con Andy me unieron The Beatles, ellos son los “responsables” de una amistad eterna que los años solo han hecho robustecer, contar la historia de cómo nos conocimos ocuparía un capítulo completo y Fuló que fue mi primera confidente de amores y correrías. Nunca fui más feliz que en aquellos tiempos y salvo sustituir a mi padre en la educación y cuidado de mi hermano Aram, entonces un infante, todo lo otro me importaba menos. Por aquella época cantaba en las escuelas al campo canciones de Silvio y tímidamente algunas mías.

Tuve amores plenos de inocencia. Un cantor en una secundaria adquiría un iva, un income tax, un impuesto adicional que le traía ventajas, a los jóvenes de entonces, a la hora de seducir y conquistar.

Mi salida de la Carlos J. Finlay, en el verano de 1972 me enfrentó con mi madre por vez primera; ¡Si no quieres estudiar pues a trabajar que aquí de vago yo no quiero a nadie! me dijo con dureza. Tenía razón.

Al término de las vacaciones de agosto conseguí un trabajo provisional en Los Estudios de Animación del ICRT, que estaban en lo que había sido la Funeraria Caballero en una de las esquinas de 23 y M. De ahí me botaron a cajas destempladas, tan pronto, que si no fuera porque algunos me lo recuerdan parecería no haber ocurrido. Hace poco en Miami me encontré por casualidad con una de mis antiguas “colegas” y guardaba tesoros de afecto sobre mi paso de apenas semanas por aquel sitio, el motivo de mi despido; ¡el pelo largo! Luego trabajé, ayudando a Martha González en las menciones políticas y slogans de aquellos tiempos en la COR (Comisión de Orientación Revolucionaria) más tarde le cambiaron una consonante y le llamaron DOR (Departamento de Orientación Revolucionaria) un eufemismo sin relevancia. La Directora del departamento, que presumía de su amistad con mi padre, convocó un día a una reunión de urgencia pues había que analizar ciertos aspectos de vital importancia para la nación. Después de mucha palabrería hueca sentenció con la mirada en lontananza: ¡Y además los que tienen el pelo largo no son ni revolucionarios, ni hombres! Miré en derredor y era el único que llevaba el cabello por los hombros, pedí la palabra, me fue otorgada, y poniéndome de pie le dije: ¡Compañera si no soy ni revolucionario ni hombre pues no tengo nada más que hacer aquí! Y me despedí con la dignidad de un ser elegido. Ese día decidí que nunca jamás nadie me acosaría ni por el pelo largo ni por nada. Que lejos estaba de saber que me había equivocado.

Sobre el mes de octubre de ese año comencé mis nuevas labores, después de intensas gestiones con Noya, que entonces dirigía el Departamento Tecnológico del ICAIC (instituto Cubano de artes e industrias Cinematográficos) como asistente de sonido con un salario de 127 pesos mensuales que entregaba religiosamente a mi madre ayudando nuevamente a la salud salarial de la familia, al menos en el ICAIC no se meterían con el largo de mi cabello. Allí me hice hombre definitivamente, esto si merece una estampa especial. Y en diciembre del 72, después de haber conocido a Silvio de manera curiosa en el setenta, también merece otra estampa, formé parte de la fundación del Movimiento de la Nueva Trova. Ya me había presentado antes en la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) aún trabajando en el ICAIC, lo hice hasta 1975, con poemas musicalizados por mí ante un selecto grupo de escritores, liderados por Nicolás Guillén y escoltado por García Márquez, Julio Cortázar, Mario Benedetti, Eliseo Diego, Cintio Vitier, Fina García Marrúz, Otto Fernández, Fayad Jamis, Jesús Orta Ruiz (El Indio Naborí), Roberto Branly, Francisco y Pedro de Oraa, Manuel Díaz Martínez, Adolfo Martí y Luis Marré entre otros que mi memoria extravía. Eso me sirvió de currículo por lo que mi aceptación como miembro pleno en La Nueva Trova fue cuestión de coser y cantar…aunque no cantara mucho, ni cosiera.

Hasta mi entrada en el ICAIC yo, como se solía comentar, era solo el hijo de Consuelito. Un mundo de gente interesante me rodeo y cuidó en las duras y en las maduras en mí verdadero debut laboral. En el ICAIC se respiraba un cierto aire de libertad. Por esa época había una férrea separación entre el personal artístico y el técnico, algunos artistas se saltaban las barreras y me saludaban con cariño sobre todo cuando era microfonista, o trabajaba entre proyectores y re-recordings. Mis compañeros sonidistas consumados como Gerónimo Labrada, Raúl García, Ricardo Istueta y sobre todo Germinal Hernández se ocuparon de que me hiciera un hombre a pasos de gigante. Algunos creadores, no es que los anteriores no lo fueran, también se acercaron a aquel muchacho ingenuo que lo observaba todo entre el susto y la admiración.

Quiero nombrar a los directores Humberto Solás, Manolo Herrera, Idelfonso Ramos, Juan Carlos Tabío, Sara Gómez y al editor Nelson Rodríguez, todavía un gran amigo, cálido y cercano con las lógicas intermitencias del vivir y por supuesto a los músicos del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC (el GESI), especialmente a sus cantantes Pablo Milanés, Sara González, Noel Nicola y Silvio Rodríguez.

A Silvio lo había visto mientras grababa la canción “Al final de éste viaje en la vida” para un programa especial para La Casa de las Américas en 1970 o 71 donde mi madre recitaba. Me había impresionado desde antes su irreverente actuación en El Festival de la Canción Internacional de Varadero 70 interpretando “ Resumen de noticias” y “Te doy una canción” tema que ya conocía porque Isabel Fernández lo cantaba, y quise que mi madre me lo presentara. Una vez llegado al ICAIC nuestra amistad se consolidó y solidificó hasta los días que corren.

Formé parte, aún con mis años, de un insólito cuarteto integrado por el director Juan Carlos Tabío, el editor Rapi Diego, el rápido y sarcástico director de fotografía Luis García Mesa y Germinal Hernández, sonidista como ya dije, que me mantuvo bajo su manto protector mientras vivió y que considero, más que un amigo, como un tercer padre para mí. Junto a ellos aprendí a beber hasta que no quedara una célula de mi cuerpo sin ser intoxicada en cualquier bar de La Habana, a parrandear como demente, a tener siempre a mano respuestas irónicas, me mostraron el mundo marginal donde negros y santeros ejercían sus dominios con altura y elegancia, la droga blanda, el amor interracial, la música afrocubana, pero también absorbí del inmenso talento de cada uno, de su amistad confiada y generosa, y de sus respectivas responsabilidades para con el trabajo que siempre fue ejemplar cuando no única.

Como siempre, a lo largo de mi vida, alguien se me encarna. El Director del Departamento de Sonido adonde yo pertenecía, un verdadero asno, física y espiritualmente, me hizo la vida imposible hasta el punto de convertir en obsesión su repugnancia por mi persona. Nunca entendí por qué. Entre otras cosas, y porque le dio la gana, me suprimió de los créditos de todas las películas y documentales donde trabajaba e hice muchos. Un sonidista llamado Leonardo Sorrel ocupaba mi lugar en los créditos por mandato del abusivo Jefe y sin chistar sabiendo que estaba participando de una malévola farsa. Pocas veces en mi vida he sentido tanto maltrato incluso físico, yo pesaba cien libras y él era como un buey. Por cualquier motivo me enviaba a “Los consejos de trabajo” y las sanciones llegaban desde limpiar los baños del Estudio de sonido de Prado hasta ser jardinero C (los había A y B) en los Estudios del ICAIC en Cubanacán. Lidia Herrero, entonces una especie de manager del GESI y hermana de Arita la Jefa de Despacho del Presidente del ICAIC, a instancias de Germinal, me pidió para el Grupo como utilero primero y asistente de sonido después. El dichoso monstruo siguió acorralándome pero con más cautela hasta que le solicitó al Comité Militar a que me llamara el Servicio Militar Obligatorio y así acabar con mis esperanzas de formar parte del GESI como compositor y cantante. Nunca le conté a mis padres, ni a mis amigos fuera del ICAIC, yo ya me sentía un hombre y como tal tenía que aprender a defenderme de alimañas como aquella.

A veces, en las noches deseaba que lo fulminara un rayo, lo atropellara un autobús, lo asesinara un asaltante nocturno. Nunca deseé la muerte de nadie, pero Salvador Massip, que así se llamaba o llama, no sé, el degenerado, no merecía la gracia divina sino incinerarse en la quinta paila de infierno por cobarde y explotador. Nunca más he vuelto a sentir ese odio jamás por nadie. Mi fe me ayudó.

Por aquel tiempo conocí, esta vez gracias a la música de Paul Mc Cartney & Wings y la de Barry Manilow, a José Gundín, asistente de edición del ICAIC en unos carnavales. Es otro de mis grandes amigos desde aquel día y hace años hasta mi manager. El ICAIC también me acercó a seres entrañables, ya lo he relatado antes, y Pepe, sin lugar a dudas es uno más de ellos. Confío en que para siempre.

En 1974, todavía como aficionado, seguía trabajando en la Industria Cinematográfica, aunque ya con algún éxito en la radio, participé en un espectáculo en el Teatro Lázaro Peña junto a Frank Fernández, el coro y la orquesta de la ENA (Escuela Nacional de Arte) Silvio, Sara, Eduardo Ramos, Argelia Fragoso, Noel Nicola y Mike Porcel (mi amigo de siempre y por siempre) y conocí a la muchacha con la que decidí compartir legalmente sueños y familia; Magdalena García, mi primera esposa y madre de mis dos amados hijos Alan y Ariana.

Para los que prefieren los números precisaré, a estas alturas del relato, que cuando escribí mis primeras canciones tenía 14 años. Cuando entré en el ICAIC y debuté en la UNEAC, 18, cuando me despedí del Instituto de Artes e Industrias Cinematográficos, 22. Cuando escribí la canción “Vuela Pena” dedicada a mi madre que me ganó definitivamente el respeto suyo y de mi padre, 19 y el que tal vez sea mi tema más internacional “Acuérdate de abril”, dedicado a mi entonces novia, Magdalena, 21.

Para finales de 1975, en lo que ya estaba a punto de ser Ministerio de Cultura, pero todavía Consejo Nacional de Cultura, la dirección de música situada en la intersección de las calles F y 9, contrató a un grupo de cantores; recuerdo al cuarteto Tema 4 (que luego se convirtió en el grupo Síntesis), a Enriquito Núñez, Jesús del Valle (Tatica) que procedía del grupo Los Dimos, Mike Porcel y Pedro Luis Ferrer que venían del grupo Los Dada y a mí por gestiones personales de Tatica que siempre agradeceré. Allí comenzó mi vida profesional como cantautor, término que siempre he considerado impreciso cuando no pedante, con un sueldo un poco mejor; de 127 pesos mensuales en el ICAIC a 138 en Cultura. Entonces se abrió para mi un mundo de infinitas posibilidades musicales, aunque con algunas restricciones pasajeras sin importancia, y comencé a vivir mis “gloriosos momentos artísticos”.

En 1976 grabé, con la producción y las orquestaciones de Mike Porcel, mi primer disco “Acuérdate de abril” que tuvo repercusiones populares inauditas y críticas encontradas. Recuerdo que el director de la EGREM (Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales) Medardo Montero, quería un Serrat cubano (Joan Manuel Serrat nos había visitado cada año desde 1973 “perturbando” y modificando mi percepción de la canción inteligente y como había que mostrársela al público) y me escogió para su “experimento”. Aproveché la oportunidad. Siempre lo recordaré entre otras cosas por eso. Desde el principio Serrat y yo nos hicimos amigos entrañables hasta los días que corren, debo confirmarlo antes que lo olvide. Ese mismo año hice mi primera gira al extranjero por Polonia, Bulgaria y España como parte del GESI, participé en el Festival de la Canción de Dresden en Alemania y en la sala teatro Hubert de Blanck (¡Se escribirá así?), mi primer concierto en solitario con el recinto abarrotado y entusiasta, vestido de verde aceituna, camisa de seda, pantalón de terciopelo, botas de cabritilla y el cabello por los hombros. Aunque a decir verdad mi debut público fue en 1973 en el Teatro Sauto de Matanzas presentado por Silvio y junto a Sara y Noel donde canté algunos de los poemas musicalizados un año antes muerto de miedo e inocencia.
Las relaciones entre mis compañeros, los integrantes de la Nueva Trova y yo, no podían ser más cordiales y excelentes aunque proviniera de un mundo donde las lentejuelas, el canutillo y el olor a maquillaje fuera una suerte de marca de fábrica en mi existencia. Los amé a todos; Silvio, Pablo, Noel, Vicente, Sara, Eduardo, Lázaro, Augusto… me sentí acompañado, fueron solidarios, amigos, hermanos, y cómplices desde la fundación del Movimiento y durante muchos años. Quizás Noel Nicola, siempre tan agudo, presintió que mi pedigrí atentaría tarde o temprano, contra la consagración a conductas extremas que resultaron a la larga perjudiciales para el Movimiento y sobre todo para mí.

En 1978 y a insistencia de Yeyé (Haydee Santamaría) Presidenta de Casa de las Américas, madrina y defensora nuestra, grabé, también con la producción y los arreglos neo-barrocos de Mike Porcel, mi segundo disco “Martí en Amaury: Versos de José Martí cantados por Amaury Pérez” que obtuvo el aplauso unánime de público y crítica y promovió que viajara por primera vez a dos países que amo y que han sido soporte de mi vida artística y personal; México y La Republica Dominicana. Por ese tiempo sustituí a Mike Porcel como el cantante solista del Grupo Síntesis fundado en 1976 con mucho orgullo y dedicación.

En 1979 grabé un tercer disco inolvidable y venturoso llamado “Aguas” los éxitos de ventas de los dos álbumes anteriores hicieron que el proyecto fuera aceptado por la EGREM sin discusión. El disco, producido y orquestado por mi amigo, el excelente músico Ricardo Eddy Martínez (Edito) y con el concurso de algunos de los más destacados intérpretes de entonces y siempre; Ignacio Berroa en el drums, Jorge Reyes en el bajo eléctrico y el contrabajo, Manuel Valera en el saxo y la flauta y Edito en los teclados y las guitarras se convirtió en un hito, un ejemplo a seguir por todos los demás, el primer éxito popular de lo que fueron los primigenios intentos nacionales de fusión entre el jazz, el rock más progresivo, el pop, la balada romántica y la canción de autor. Casi todos los temas, por no decir todos, se convirtieron en éxitos comenzando por “Hacerte venir” y terminando con “No lo van a impedir”, una canción multipropósito al decir jocoso de Santiago Feliú. Varios críticos lo califican aún como el disco perfecto. Con mi popularidad en ascenso los temores de Noel se convirtieron en certezas y fui transformando el modo de presentarme ante el respetable, vestirme atrevida y provocativamente, tan a la moda que resultaba hiriente e intimidante ante los ojos de los decadentes rectores de la política cultural e ideológica de aquellos tiempos, y formar parte activa de la farándula criolla como uno más. Eso incomodó a muchos de mis compañeros y amigos trovadores y me lo hicieron saber del modo menos elegante. Los críticos oficiales se volvieron contra mi y presentí que todo a mi alrededor cambiaría de bien para mal en un santiamén.

En 1980 mi vida y la de la nación en pleno dio un vuelco inexplicable con el éxodo, por el Puerto del Mariel, de casi 250,000 compatriotas entre ellos Edito (seguir a su lado fue uno de mis mayores “pecados”), Berroa y Valera y tantos amigos y familiares dejando a mi grupo y mis esperanzas existenciales en ruinas. Los funcionaros de la época recogieron los ejemplares que quedaban aún en las tiendas de la tercera edición de mi disco de “Aguas”, dejé de ser definitivamente uno de los cantores confiables para convertirme, a los ojos de muchos, en un joven con debilidades ideológicas y un posible emigrante marinero.

La última noticia grata de 1979 fue la llegada al mundo, un 3 de septiembre, de mi primer hijo Alan Pérez García custodiado por su pediatra y mi amigo el Dr. Hugo Porset; 1980 aguardaba solapado con su carga de desastres y desasosiegos. Como hablé un poco sobre esto antes no me detendré nuevamente en acontecimientos relatados.

A principios del ochenta mi madre filmó su breve pero intensa actuación en la serie “Julito el Pescador” que tantas muestras de cariño del público le proporcionó sobre todo por la inolvidable escena final con el actor René de la Cruz en el policlínico.

En febrero Edito me confesó que desde hacía muchos años sus padres habían presentado la salida del país y que, aunque era un secreto familiar, él quería que yo lo supiera por si eso me podía traer problemas. Le dije que no, que siguiéramos trabajando y que además a veces esos permisos de salida no llegaban nunca y dije más en un rapto de inocencia que haría enmudecer al más idiota. ¡Digámosle a nuestros compañeros del grupo, ellos deben saber! Nos citamos bajo el edificio que habitaba por entonces con mi madre y dos de mis hermanos en Primera y A en el Vedado, alrededor de la Fuente de la Juventud inaugurada en 1978 unos meses después de que regresé de mi segundo viaje a Angola cuando aún el tiro estaba sato por allí. (Estuve en Angola en el 77 y en el 78), nos sentamos los cuatro y le pedí a Edito que les contara sobre su viaje, exortartándolos a que hicieran silencio y continuáramos nuestro trabajo como si nada (ya estábamos preparando el segundo volumen de “Aguas”), que lejos estaba yo de imaginar que entre los cuatro había uno dispuesto a redactar un informe a las autoridades pertinentes sobre la reunión de sus colegas musicales, no recibí represalia alguna por eso pero me la apuntaron.

Estando en la boda de dos queridos amigos Pepe y María, mi cuñado, esposo de mi hermana Ariana, el Chino Alfredo Nuevas, gritó a voz en cuello ¡Caballeros mi madre me acaba de llamar que la gente se está metiendo en la Embajada del Perú, voy a ver que es aquello! El Chinito fue a ver…y saltó la cerca. Nos reencontramos en Miami hace unos cinco años tan cariñoso y desprendido como siempre. No nos hemos vuelto a separar.

Entonces llegó…El Mariel. Edito y su familia perdieron el vínculo laboral y por tanto el salario, un tío los venía buscar, yo compartí mi sueldo con ellos igual que el guitarrista Ahmed Barroso, todo en silencio menos para nuestro grupo, mientras el infiltrado reportaba y reportaba para una sobrina suya que trabajaba en el Ministerio del Interior. El delator más tarde también abordó una barcaza rumbo norte. Para colmo, en medio de aquel amasijo emocional, mi madre sufrió un terrible accidente de trafico en la provincia de Pinar del Río que fracturó sus rodillas y la mantuvo meses de baja. Tampoco imaginé que dentro de mi casa, un supuesto amigo de la adolescencia, un confidente, mi compañero de aventuras en África y un incipiente escritor lleno de talento y ebrio de ambiciones, se ocupaba de redactar un informe de cada uno de mis pasos, mis llamadas telefónicas y hasta de cuantas veces abría el refrigerador.

Fui detenido por poco tiempo, unos dicen que horas y otros que días, yo no lo recuerdo honestamente, acusado de debilidad ideológica como adelanté en mi anterior estampa y expulsado del Movimiento de la Nueva Trova a insistencia del Departamento de Cultura de la UJC (Unión de Jóvenes Comunistas)
Mientras, comenzaban los Mítines de Repudio, y como mi hermana Ariana tenía a su marido en La Embajada, las hordas enardecidas la cogieron con ella, y conmigo por no abandonarla a su suerte y defenderla. Recibimos al menos dos sonados mítines en las puertas del edificio; revuelco mi memoria y veo a una empleada de un centro laboral cercano, el CECE (Comité Estatal de Colaboración Económica) gritándome ¡Amaury blandengue, blandengue, blandengue! y un coro de atorrantes la fue secundando con una fiereza en sus rostros que los hacía ver como antropófagos ante un suculento festín. Cuando mi madre bajó, con las dos piernas enyesadas y apoyándose en muletas, el rugido se calmó momentáneamente. Mi madre le habló duro a la multitud, con malas palabras incluidas, defendiendo a sus hijos.

Con respecto a mi salida de la Nueva Trova se ha especulado mucho. Algunas mentiras y pocas verdades, solo entre nosotros sabemos la verdad, éramos jóvenes y los jóvenes ante situaciones extremas reaccionan con una energía a veces negativa. Toda la conversación de mi expulsión fue muy calmada, sin exabruptos por parte de nadie y hasta terminamos tomándonos unos tragos al final del encuentro en la casa de Silvio. Es lo que recuerdo. La orientación” de limitarme la grabación de discos, salidas al extranjero, y expulsarme del Ministerio de Cultura, cosa que no lograron pues el entonces Viceministro para la Música, el cineasta Julio García Espinosa no se los permitió, vino de más arriba. Demoré años en comprobarlo pero así fue y no hay que darle otras vueltas al asunto. Para mí no fue una experiencia tan traumática como pudiera pensarse, ni traumática, ni dramática, Sencillamente yo no cumplía los estándares para permanecer en las filas del Movimiento y fuera.

Entonces tomé una decisión: Volverme tan popular como fuera posible y a cualquier precio. Conté con el apoyo de la farándula en pleno, me presentaba casi a diario en la televisión apoyado por el director Eugenio Pedraza Ginori, la radio, en una especie de muda complicidad, trasmitía hasta el agotamiento auditivo mis canciones, mientras más popular fuera, más intocable sería. Lo logré. Escribí, en ese año y los siguientes, canciones para Mirtha Medina, Annia Linares y Maggie Carlés las tres divas cubanas.

En 1981, de tanto stress, una trombosis cerebral estuvo a punto de costarme la vida, recuperé con el transcurso del año, todas mis facultades, o creo. Yo pienso que ante mi gravedad los que me acosaban sintieron que se les había ido la mano. Mi madre se ocupó, junto a un abogado de la familia, y teniendo como testigos a Alicia Alonso nuestra excelsa bailarina, y Nicolás Guillén el Poeta Nacional, acusar en los tribunales al Ministro de Cultura de entonces por permitir la intromisión en su Ministerio de departamentos ideológicos. La “sangre” del Ministro, por suerte, no llegó al río, bastó con la mía, él se retractó, consideró su error, y en cuanto pude ponerme de pie se me permitieron nuevamente las actividades normales de un artista.

En 1982 fui invitado, como parte de la delegación cubana y por mis compañeros de la trova, al Festival internacional de la Canción de Varadero dedicado ese año a los cultores de La Nueva Canción y el asunto quedó, al menos en apariencia, zanjado. Con los años mi relación y amistad con mis compañeros se restableció totalmente.

Después de una edición limitada de mi disco “Selección de éxitos” comencé a grabar mi disco “Abecedario” y viajé a Venezuela. Las cosas empezaban a encontrar acomodo nuevamente, pero ese año mi matrimonio con Magdalena, uno de los mejores seres que he conocido y amiga mía hasta hoy, empezó a desgajarse sin poder evitarlo y llegó ¡Enero del 83!.

Uno se pasa la vida, a veces infructuosamente, buscando lo que llamamos el amor definitivo, el para toda la vida. Con cada nuevo amorío, cada nuevo romance, cada beso creemos encontrarlo y le damos a Cupido un voto de confianza, otra oportunidad, una nueva ocasión de emendar sus alas, de ajustar el arco y lanzar la flecha definitiva justo donde palpitan el alma y el corazón. Suele ocurrir que uno sin querer esquiva la saeta o la previene con ingenuidad, o sencillamente el angelito travieso no está en su sitio, jugueteando entretenido en los celajes de las nubes, mientras nosotros esperamos que aparezca con su rostro bienhechor a provocar que la diana esté lo suficientemente quieta para que no ocupe errores. El amor para toda la vida puede aparecer y desaparecer. El mío llegó sin declararse y para siempre.

Mil novecientos ochenta y tres trajo, en su lento pero intenso transitar, dos grandes alegrías; Encontrar a Peti y el nacimiento de mi bella hija Ariana Pérez García, un 11 de abril (le pusimos el nombre por su belleza solo comparable a la de mi hermana) realmente no la esperaba pero fue el último resto del amor que sentía, y de alguna manera aún siento, modificado por supuesto, por su madre.

Peti y yo habíamos hecho contacto visual por vez primera en la fiesta de mi cumpleaños en 1980, uno tiene que celebrarse aún en los años más difíciles, pero no pasó de ahí. Luego en el año 82 nos cruzamos e intercambiamos algunas frases de cortesía en el Festival de Varadero mientras mi amigo, el compositor e intérprete argentino Alberto Cortéz me dedicaba desde el espléndido escenario su canción “El amor desolado” no vino a ser hasta una año después que nos volvimos literalmente locos el uno por el otro y hasta los días que corren, hace ya la friolera de 30 años.

No voy a negar que había padecido, y disfrutado las sentencias del amor debutante y del de medio tiempo, pero aquello que sentí me era desconocido. Yo acababa de cumplir 29 años y ella estaba por arribar a los 27. Nos entregamos sin poderlo evitar, Dios sabe cuanto pospusimos nuestro amor sin lograrlo, no teníamos fuerzas para sortearlo. De lo único que me arrepiento es de que a veces la felicidad de unos perturba la dicha de otros. Siempre he sentido vergüenza por eso más nunca arrepentimiento. La vida fue lo que fue y el destino es el destino. Henos aquí juntos, compartiendo, o dividiendo, da igual, el camino que sin darnos cuenta elegimos. Nos queremos como a veces, porque uno nunca quiere igual ni en todos los momentos, entonces nos reciclamos, hacemos un alto y volvemos a empezar como si nada, o poco, hubiese pasado siempre mirando al futuro porque si algo nos debemos todavía es el porvenir.

No estuve al lado de mis hijos todo el tiempo que hubiera anhelado, ellos, amorosos y siempre comprensivos, advirtieron que su padre estaba buscando acomodo, siempre me respetaron y quisieron sin recriminaciones, sin hacer preguntas, yo he hecho lo mismo con ellos. Intuyeron la angustiosa argamasa del amor y algo de mí han heredado. He hecho mías también sus decisiones existenciales, las comparto y en la medida de lo posible los hago sentirse felices y acompañados. Su madre, inteligentemente, a colaborado con eso y solo merece una inmensa gratitud.

Por aquellos tiempos no me importaba otra cosa que Peti, le hice canciones, le dedicaba conciertos en silencio y en público, abandoné mis otras compañías eróticas, fui un hombre muy apasionado, y ni intenté grabar un nuevo disco. Todos mis segundos, mis horas, mis días, mis semanas, y mis meses los invertí en conquistarla, apresarla, tenerla junto a mi ya fuera física o telefónicamente, el resultado de tanto esfuerzo emocional bien valió la pena. Peti y yo nos amamos y ese amor indestructible perdura.

Entre giras y conciertos había, y hay, un espacio para ella, para el bálsamo que significa su presencia en mi. En 1985 volví a los Estudios de Grabación con mi disco “Mitades”, un álbum tecnológicamente imperfecto, pero honesto. Me presenté por primera vez con mi nuevo grupo dirigido por el extraordinario músico y ser humano Edesio Alejandro en el Teatro Karl Marx con las capacidades agotadas, fue asombroso para mi pues el Karl Marx tiene 5,000 localidades. Entre tanto llenaba el Auditorio de La Ciudad de México todo un fin de semana, recibiendo la ovación de más de 10,000 almas cada noche. La energía regresaba a mí costado, la vida volvía a sonreírme y toqué, al fin el cielo con los labios.

Después del fracaso nacional de mi disco “Mitades” quedé descolocado. “Mitades” tiene dos o tres temas salvables para no decir buenos, obtuvo una nula repercusión popular y ninguna canción fue un hit radial con la excepción de “Porque no me vas a querer” a dúo con Mirtha Medina, pero un tema no hace un disco, entonces decidí, con mi relación con Peti ya consolidada, formar un nuevo grupo y dedicarme a tiempo completo a hacer giras, y entre ellas, canciones que sintonizaran nuevamente con un público propio que creí perdido. Había grabado, a dúo con Omara Portuondo, el tema del programa televisivo “Mañana es domingo” que dirigía mi padre, un tema alegre y contagioso que fuera del programa tuvo poca difusión. Escribí varias canciones para teatros televisados y otras intérpretes. Sentía que faltaba algo y tenía que buscarlo dentro de mí trabajando mucho y a marcha forzada.

Con la llegada de nuevos músicos a mi vida, el entusiasmo creció y a mediados de 1987 regresé al estudio para grabar otro disco entrañable al menos para mí: “De vuelta”. Cinco canciones fueron radiadas con frecuencia; “Mañana es domingo” en mi versión en solitario; un reagge al estilo de The Police llamado “Diez”; la tierna “Canción del ángel”; la pasional “La mitad del amor” e indiscutiblemente y para siempre la sospechosa “Amor difícil”, esta canción merece un comentario aparte porque provocó y/o remarcó una sentencia en ascenso: Ya no había dudas, ¡Amaury Pérez era gay!

A mí no me gusta explicar las canciones, prefiero que cada quien las haga suyas a su manera y con “Amor difícil” no hice, ni haré, una excepción, pero vale la pena, como dice el Profesor Calviño, aclarar algunos detalles.

Por mi ascendencia artística el mundo homosexual era tan normal como beber agua fresca, gays y lesbianas nos rodeaban y eran amigos/as de mis padres. Mis hermanos y yo fuimos educados en la aceptación de todas las maneras en que el amor se presenta, fíjense que digo aceptación y no tolerancia porque el que tolera se pone un poco por encima del tolerado. Alguna vez, siendo niño, le pregunté a mi madre por el tema y ella, con dulzura y naturalidad, me lo explicó todo del pi al pa. La conducta sexual no diferencia a las personas, remarcó. Los peores seres humanos que he conocido eran heterosexuales o, al menos, presumían de eso y muchos de mis amigos y amigas más entrañables fueron y son homosexuales. No existen conflictos. Antes de “Amor difícil”, que yo sepa, no había antecedentes en nuestra cancionística, tal vez uno; la espléndida canción, ya histórica, del Maestro Frank Domínguez “Tú me acostumbraste” que no es una canción explícita y la han tomado como un himno gay, ahí está el misterio de la creación artística: La ambigüedad. Recuerdo cuando estrené la canción en una semana de conciertos en la sala Hubert de Blanck en el Vedado, cada noche tenía que repetirla dos y tres veces ante el reclamo de un público entregado. Ahí comenzó una leyenda que me acompañó muchos años y a la que nunca le presté atención ni me hizo mover una pestaña. No me detuve jamás a aclarar el punto, mi vida sexual es solo mía y siempre que me hablaban del tema afloraba a mis labios una pícara y enigmática sonrisa.

Con el éxito de “De vuelta” donde incluyo el diseño de la carátula de los artistas Gustavo Acosta y Pepe Forte, volví a tenerme confianza y empecé a experimentar, con el músico Manuel González Loyola, con las computadoras y la música secuenciada, también en eso fuimos pioneros en Cuba, y comenzamos a preparar uno de mis discos más crípticos: “Estaciones de vidrio” de 1988.


En 1988, y durante la grabación de “Estaciones de Vidrio”, un no tan solapado homenaje al magnífico disco siempre experimental “Season of glass” de Yoko Ono dedicado a John, planificamos un concierto/espectáculo que fuera lo nunca visto. Desde antes ya montábamos escenografías audaces para ataviar los shows, pero lo de “Concierto Ciudadano” ese era el nombre, o “Con cierto Ciudadano” como también se le llamó, no tuvo parangón. El artista plástico y gran amigo, Waldo Saavedra, vistió el Karl Marx con audaces decorados salidos de su atrevida y colorida imaginación: Vitrinas con modelos reales y ficticias (maniquíes), una alta chimenea de verdes ladrillos donde colocamos el drum, un creyón de labios móvil e inmenso de tintes rojos y rosados; una ciudad surrealista donde, además, patinadores, bailarines, vendedoras de flores, humo y efectos pirotécnicos se daban la mano con canciones crípticas y sonidos secuenciados. Tuvimos el teatro lleno por dos fines de semana y no continuamos porque yo me rompí un brazo intentando seguir una coreografía; el resultado popular fue estremecedor, la crítica devastadora.

Nunca he tenido suerte con los periodistas nacionales de música y espectáculos de ayer ni de hoy, de cualquier manera que me presentara, fueran discos o conciertos, me demolían sin pudor, cada disco era fustigado por artículos ponzoñosos y despiadados, como lo merece el hereje de un tipo de canción que no podía, de ninguna manera, presentarse con los afeites del mundo musical del showbusiness universal y centenario. El público me ovacionaba, los críticos se cebaban en mí. Con los años las bajezas se incrementaron y después, al percatarse de que no me hacían el suficiente daño, optaron por el silencio y no reseñaron disco, programa de televisión, o cualquier tema que escribiera y compartiera, hasta ahora. Recuerdo que en fecha reciente, y ante la selección competitiva de un certamen discográfico donde la compañía que me representaba presentó un fonograma mío, una de las musicólogas y críticas señaló: ¡No escuchemos el disco de Amaury, total, si no fuera por la Revolución él estaría estacionando coches en el Vedado Tennis Club! a lo que un sagaz declamador, también integrante del jurado, apuntó con dulzura e ironía: ¡Mi niña, si no existiera la Revolución, da por sentado que Amaurito estuviera jugando tenis en el Club! Jamás me otorgaron un galardón, tengo pocas críticas criollas favorables (que no de mis discos y presentaciones en el extranjero)

Terminando la secuencia de conciertos viajamos a la República Dominicana para, con Tony López, mi sonidista de entonces y Manuel Sorribas, un ingeniero de sonido dominicano, mezclar “Estaciones de Vidrio”, nos acompañaba también el pianista, amigo y director de mi banda que decidió, una día antes del regreso, abandonar definitivamente Cuba y establecerse en Dominicana primero y luego en USA. Fue un golpe devastador pues nunca encontré más comunión musical que con él hasta hace unos años. A la vuelta, “Con Cierto Ciudadano”, que había sido filmado y editado espléndidamente por Pedraza Ginori fue, por órdenes superiores, mutilado para desaparecer, de cada fotograma, al dichoso “desertor”. El resultado: Un programa desastroso.
Es cierto que algunas canciones incluidas en “Estaciones de Vidrio” tuvieron cierta repercusión sobre todo “Gabriela” e “Y no dejaré” sobre todo cuando la diva, Maggie Carlés la incluyó en su repertorio de conciertos, pero el disco no pasó de ahí.

En 1989 ya con Peti a bordo y con nuevos y antiguos músicos, me involucré en un proyecto de gira por México llamado “Por la Carretera”, recorrimos el país entero durante dos meses. La gira fue filmada por Pedraza Ginori nuevamente y esta vez sí fue transmitida íntegra en horario estelar provocando el furor de mis admiradores y la saña periodística de los de siempre; que aún sobreviven al diabólico conjuro de sus víctimas.

Mil novecientos noventa fue, como mil novecientos ochenta, otro año complejo y oscuro. Murieron mi padre y la madre de Peti con 5 meses de diferencia, mi padre en febrero y mi suegra en agosto. Peti y mi hijo Alan enfermaron de hepatitis A, a ambos hube de atenderlos sin tener conocimientos culinarios ni vocación de enfermero cuidando de sus dolores, padecimientos y reposos desatendiendo los míos. La pérdida de un padre, el mío, de una madre y un abuelo, hablo de Peti y mi hijo, y una hepatitis que se negaba a abandonarlos fue un verdadero calvario. Para aliviarme se mudaron prácticamente para un cuarto, mi apartamento de entonces en 18 y 23 en el Vedado solo tenía dos, los músicos Manuel González Loyola y Aneiro Taño para arreglar y secuenciar el primer disco totalmente programado hecho en Cuba: “Confesiones” (“Estaciones de vidrio” era mitad secuencias y mitad acústico) Yo cocinaba para cuatro, o aprendí a cocinar, y terminé no haciéndolo nada mal aún cuando mi amada suegra ya no estaba para orientarme. Limpiaba, lavaba e indicaba por donde tenían que ir las orquestaciones. Por poco enloquezco, apenas dormía y me alimentaba pobremente. Mi madre vivía su propio via crucis laboral y nunca la quise comprometer aunque siempre la mantenía al tanto y ella me ayudaba en lo que podía. Una cantante cubana, vecina nuestra, María Antonieta, nos socorrió mucho en ese año igual que otra amiga cercana de la época llamada María Cristina que era productora del ICRT; vaya para ellas nuestra eterna gratitud, me alegra mucho cuando escucho a María Antonieta interpretar “Amor difícil” como nadie.

“Confesiones” es mi disco más raro, con infinitas máquinas y baterías programadas que enfriaron canciones que debieron correr mejor destino, apenas tiene canciones de amor, creo que unas tres y salvo “Como en casa”, que fue el tema de un programa radial diario que conducía en Radio Ciudad producido por mi amigo Joel Valdés, ningún otro caló en el corazón del público. Por más que lo intentaba parecía hundirme una y otra vez. Creí que la casa que habitaba era la culpable de mis desventuras. En el patio interior de un vecino, porque no teníamos vista a la calle, se erguía majestuoso un árbol de aguacates. Un día, asomado a la pequeña ventana en busca de aire, vi que una rama se fraccionó y cayó al suelo, alguna vez había leído que cuando un árbol se desgaja, sin motivos aparentes y ante tus ojos, es que va a fallecer un familiar cercano y murió mi padre. Meses después otra rama, de las más vigorosas, también se desunió del tronco ante mi asustada mirada y murió mi suegra, teníamos que salir de allí a como diera lugar.

Con el disco terminado mi madre me pidió que volviéramos a vivir juntos y entre su apartamento y el mío, juntándolos, nos mudamos al Nuevo Vedado a una casa grande y de hermoso diseño, con ella y con mi hermano Aram que permanecía soltero. Fue una pésima decisión de la que no haré comentarios porque no viene al caso.

Después de haber participado en sendos programas de televisión en México con la actriz Verónica Castro como conductora pensamos, mi esposa y yo, que era hora de instalarnos temporalmente en La Ciudad de México que siempre nos había acogido con amor y entusiasmo. Partimos en mil novecientos noventa y uno dejando atrás muerte, enfermedades, familia y contradicciones. Algunos de mis músicos nos acompañaron en la aventura que no fue tan gratificante como pensábamos.

Regresamos a Cuba un año después sin canciones, ni carrera internacional, con algunas bajas entre los miembros de mi grupo musical, muchas ausencias y una sensación de derrota insostenible. Ofrecí un par de conciertos en el Karl Marx, pero le había perdido la temperatura al público cubano y no sabía estar a su altura. Volví a la radio como conductor en un programa que se llamó “Amaury y los Demás” de nueva cuenta en Radio Ciudad dirigido por Federico Wilkins, me empiné y escribí nuevas canciones, ofrecí dos conciertos en el Teatro García Lorca y estrené una nueva canción que me trajo muchos aplausos y algunas satisfacciones, se llama “Opiniones” (Mucha gente la conoce aún por la canción de las Capitales) me dije, ¡No estoy acabado! y volviendo sobre mi eje terminé algunas ideas nacidas en México más otras surgidas en La Habana e intenté grabar un nuevo disco. El estudio de la EGREM en la calle San Miguel de Centro Habana, estaba saturado, nosotros teníamos 300 dólares como único tesoro y eso no alcanzaba para rentarlo y pagarle a los músicos ¿qué hacer? pues grabar el disco en horas de la madrugada y solo los fines de semana pues no podían ofrecernos otro horario. Así hicimos “Encuentros” ya bien entrado mil novecientos noventa y tres.

“Encuentros” tuvo tres canciones exitosas que todavía interpreto: “Opiniones” como ya dije, un dúo con Silvio Rodríguez llamado “Amigos como tú y yo” y el tema del disco, “Encuentros” que con la ayuda de un fenomenal video clip dirigido por el gran cineasta y hermano Ernesto Fundora mantuvo el tema durante todo mil novecientos noventa y cuatro en los primeros lugares de los listados de éxitos radiales y televisivos llegando a considerarse la canción del año. La vida y la suerte volvía a sonreírme, se editó, por la compañía ARTCOLOR de Enrique López (Alí Ko), un disco de Grandes Éxitos llamado “Las Canciones” estaba donde quería, la multinacional EMI licenció el disco, se editó en toda Hispanoamérica, nos sentíamos felices…entonces se me ocurrió la peregrina e inocente idea, sintiéndome intocable otra vez, de grabar, nuevamente con ARTCOLOR “Retrato de Navidad”, un álbum con temas navideños.

Mientras los ecos de la repercusión popular de “Encuentros” proseguían decidí, en un nuevo estallido de excitación, que era hora de dedicarle un disco a las canciones navideñas de mi infancia que yacían dormidas en algún rescoldo de la memoria colectiva. Pensé pedírselo al Presidente de ARTCOLOR, Enrique López (Alí Kó) ARTCOLOR fue una de las tres compañías discográficas privadas que se establecieron en Cuba durante el tristemente célebre Período Especial, (las otras fueron Magic Music y Caribbean Music.) Como nos gusta decir al grupo Síntesis, Adalberto Alvarez y a mí; ARTCOLOR nos mató el hambre en aquellos años duros arropando nuestros proyectos mas descolocados. Éste es un prólogo útil y necesario.

En medio de la grabación del video clip del tema “Encuentros”, inmerso en el trasegar de modelos (mi amigo Jorge Astorga y la debutante Lissette Fontanills) y técnicos, cámaras, escenógrafos y asistentes, Alí Kó me preguntó: ¿Y qué hacemos después? yo como si nada le respondí: ¡Un disco de Navidad! Alí sonrió y apuntó pícaro ¿Y eso? A lo que de prisa contesté ¡Porque adoro esa estación!!!!

En el verano ya estábamos la músico, productora y arreglista Lucía Huergo, con quien ya había probado suerte con Abecedario de 1982, preparando de urgencia el inocente álbum “Retrato de Navidad” en los estudios de la EGREM.

La selección de las canciones solo obedeció a mis recuerdos, sin asesoría alguna. Escogí algunos villancicos españoles, colombianos y norteamericanos traducidos al castellano y cuatro temas míos: “La voz de Dios”, “Hoy te toca reír”, una musicalización nueva del Padrenuestro a la manera como se rezaba en mi niñez y “Ángeles de Navidad” una tierna canción dedicada al amor entre mis suegros ya fallecidos. Es un disco sin pretensiones, sencillo, transparente, que intentaba solo hacer justicia para con unas festividades que habían sido abolidas de un plumazo. Era, y es, mi deber como católico y ciudadano. No imaginamos los disgustos que nos acarrearía defenderlo.

Nos encontramos, ya con el disco en nuestras manos, con que ninguna canción podía ser radiada, una macabra y desfasada orientación ideológica lo impedía, hicimos mil gestiones, Eusebio Leal y Silvio Rodríguez defendieron el disco con decisión, Silvio incluso me dedicó una canción llamada “El Reino de Todavía” incluida en uno de sus discos, pero nada parecía calmar la insaciable sed de la censura. Ante mi incomodidad me visitaron en casa el entonces Presidente del ICRT y un Vicepresidente del mismo organismo del estado a ofrecerme torpes explicaciones que no acepté y los despedí a cajas destempladas. Alí me dio la peor noticia: Ninguna tienda quería aceptar el dichoso disco para venderlo, con el paso de los días algunas pocas se arriesgaron y lo exhibieron en sus anaqueles, pero sin ninguna promoción. El disco literalmente voló y se agotaron todos los ejemplares. Entonces trazamos un plan; hacer un concierto decembrino y sacarnos la espina que nos clavaron en el alma.

La operación no fue sencilla pues debía autorizarlo el entonces Ministro de Cultura. Conseguí el teléfono de su casa, le expliqué mis razones, él lo aprobó contra viento y marea y un venturoso día de diciembre, ante un Teatro Nacional abarrotado, presentamos el primer concierto navideño público en décadas.

Para no provocar aún más a las autoridades “competentes” combinamos temas navideños con otras canciones mías. Recuerdo a los niños con velas en “Noche de Paz” (Silent Night) y “Cascabel” (Jingle Bells) y dos inmensos árboles engalanados para la ocasión, proporcionados por el Director de la Oficina del Historiador de la Ciudad; el siempre cómplice de causas justas, Eusebio Leal. Mi madre también participó como actriz en un pequeño papel. Fue filmado para la TV por mi incondicional Joel Valdés y editado por mi también aliado Manuel Iglesias. Un día anunciaron su transmisión televisiva y todos respiramos aliviados, se iba al fin a reparar un error. Cual no sería nuestra sorpresa al constatar que TODOS los temas navideños habían sido suprimidos en una nueva edición infernal y apresurada. Nos derrumbamos nuevamente.

Con el paso de los años me provoca alegría que la celebración de la Navidad va dejando de ser un malentendido y que nosotros pusimos nuestro granito de arena para que eso ocurriera.

Dos años después, en 1996, comenzamos la grabación de mi nuevo disco “Licencias de otoño” por encargo de EMI CAPITOL con quienes seguíamos teniendo relaciones contractuales.

Desde que estábamos grabando, a principios de mil novecientos noventa y seis, “Licencias de otoño, y sobre todo cuando la canción “Quisiera ser el viento” dedicada a Alicia Alonso fue, y lo presentía, mi último éxito radial apoyado por un nuevo video clip de Ernesto Fundora, comencé a meditar que era necesario demoler un Amaury para edificar otro. “Licencias de otoño” es, a mi modo de sentirlo y escucharlo ahora, después de tantos años, un fonograma frío y desangelado, “maquinero” y extemporáneo. Estaba el país bajo el energizante influjo del boom de la Salsa y competir con eso, intentar mantenerse a toda costa presente en las ondas radiofónicas, era cuando menos un desgaste o lo peor, un suicidio. La gente quería bailar, evadirse y bien que lo merecían. Yo y mis cancioncitas sobrábamos.

Uno tiene que advertir cuando sube la cuesta, cuando está en la cima y cuando de bajada y sobre esa premisa decidí que era hora de complacerme primero al escribir canciones, no hacerle caso a los llamados de la multinacional EMI CAPITOL para que grabara temas más comerciales (renuncié) y abandonar mis ansias de seguir siendo un showman criollo. En cuanto recibí el llamado de Vicente González Castro para escribir el tema y toda la musicalización de su serie “Hasta el último aliento” sobre la historia de la televisión, que es de alguna manera mi historia, no lo pensé dos veces. La oportunidad de cambiar de aire me vino como anillo al dedo; era lo que estaba buscando.

Mil novecientos noventa y seis me permitió también, aunque fuera solo durante la programación de verano, unas ocho semanas al año, conducir mi primer programa de entrevistas llamado “Muy Personal” dirigido por el siempre leal, listo y trabajador incansable Joel Valdés (antes había sustituido en el papel de conductor a locutoras que se ausentaban momentáneamente de un programa habitual que se transmite aún los sábados en la tarde) Papa Germán (Pinelli) me felicitó por eso y para mí fue suficiente para seguir intentándolo.
“Muy Personal” me demostró que la conducción era un medio que me era afín y que debía ajustarlo para el futuro, pero eran solo ocho entrevistas y la dirección del ICRT decidió no continuarlo cuando se los solicité. Entrevisté a Silvio Rodríguez, la Dra. Ortiz, Daysi Granados, Alfredo Guevara, Alicia Alonso, al Dr. Rodrigo Álvarez Cambra, Eusebio Leal y a mi madre Consuelo Vidal, tal vez la más difícil entrevista a la que me enfrenté pues tenía que hurgar en asuntos que increíblemente desconocía sin ser indiscreto, nunca lo fui con los otros, con ella era impensable.

Acepté después, sin dudas, una especie de retiro televisivo y teatral, el viento ya no cantaba a mi favor, y en mil novecientos noventa y siete, en diciembre veintitrés, dos semanas antes de que nos visitara Su Santidad Juan Pablo II, me despedí en el Karl Marx de los conciertos en escenarios nacionales con otro espectáculo navideño llamado “Encuentros” con una escenografía también delirante (montamos el establo del video clip de Fundora sobre el escenario, caballos incluidos) nuevamente escoltado por Joelito, Peti, mi manager de entonces Fidel Antonio Orta y mis músicos. No he vuelto a presentarme en La Habana en concierto nunca más.

Luego hubo otros temas que me desanimaron. Muchos otros compañeros de canto, siguiendo mi camino, empezaron a probar fuerzas y subirme la parada en cuanto a escenografías y decorados, a mí solo me quedaba experimentar con las nuevas tecnologías escénicas, pantallas y juegos pirotécnicos, y eso era imposible. Me resigné y no le entré a la competición. Además, como ya dije, no me interesaba. Mi madre no dejó de recriminarme por eso nunca.

Mil novecientos noventa y ocho llegó con dos sorpresas. Mi amiga y confidente Mayda Bustamante, hizo los arreglos pertinentes para editar en España y luego en México, una antología de mis éxitos llamada “Amor Difícil” con el sello discográfico independiente CRIN que presidía el empresario y editor Luis Melero. La recopilación no obtuvo el éxito que esperábamos, España es un mercado muy duro de penetrar. Hicimos una extensa gira de promoción pero tanto esfuerzo de poco valió.


A finales de ese año mi amigo de los años Teddy Bautista, entonces Presidente de la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores) me ofreció financiamiento para hacer un nuevo disco apoyado por la institución española. Rápido le contesté que quería hacer un disco con la poesía musicalizada de la poetisa Dulce María Loynáz. Nuevamente Lucía Huergo y yo pusimos manos a la obra y se editó el disco “Eternidad. Poemas de Dulce María Loynáz cantados por Amaury Pérez” sin recibir, como era normal, ni una pequeña reseña ni en diarios, ni en revistas supuestamente culturales. El fantasma de Dulce María y mi sombra invencible aún continuaba perturbando a las almas innobles. Pero a nosotros, Peti y yo, todo nos importaba…menos. Solo necesitábamos el arte en estado puro, sin afeites ni frivolidades, y por ahí llegaron los nuevos tiempos.

Con el transcurrir de 1999 escribí canciones como un demente sin importarme si las palabras usadas eran o no comprensibles para la mayoría. No las iban a radiar, y el formato del disco compacto sumado a su precio, en una moneda que no es en la que el pueblo cobra su salario, hacía imposible que fueran adquiridos por cualquier ciudadano. Entre un paquete de picadillo de carne de res y un disco de Amaury hay una elección lógica y sensata pero desleal, sin música es difícil vivir, sin comida imposible.

Ese año escribí temas casi a diario, todo le interesaba a mi curiosa mirada, desde los ojos de un niño desconocido, a los de mis hijos, desde el comportamiento existencial de los jóvenes, hasta los duendes bienhechores del amor, y los boleros en Paris. El disco “Equilibrio” del 99, nuevamente financiado por el sello español CRIN, y editado en Cuba por el sello Unicornio de los magníficos estudios Abdala recién inaugurados, es uno de mis discos más espontáneos y menos comprometidos con un mercado cada vez, y por suerte, más ajeno. Nos acompañaron mi entonces guitarrista de larga data Jesús Medina, Rey Guerra, Lucía Huergo y el extraordinario pianista Ernán López-Nussa. Es el preferido de Peti y la entiendo porque es un disco límpido y en concordancia solo con lo que creía y brotaba de mi alma creadora.

Entre tanto continué con mis giras por todo el mundo o casi. Grabé un especial de Televisión durante un concierto en el Hard Rock Café de la Ciudad de México transmitido durante todo un año por Direct TV, mi amigo, el célebre argentino Alberto Cortéz escribió una canción llamada “Amaury” cuyo texto termina diciendo:

“Si no fuera posible tu presencia,
habría que inventarte sin dudarlo,
ahí va mi corazón como evidencia,
puedes guardarlo”

Así fue que caté lo que se siente cuando a uno le dedican una canción, y pudo haber sido un año perfecto si no hubiera ocurrido que, en un ensayo del concierto en el Hard Rock, el director de mi grupo musical, mi entrañable Jesús Medina me comunicó que en breve emigraría, su único motivo, el reencuentro con un viejo amor que vivía en la ciudad de Miami. Me sentí triste pero ya yo estaba acostumbrado a las ausencias temporales o definitivas y a montar cada vez el repertorio; la noticia me hizo menos daño que el esperado. No nos hemos vuelto a encontrar desde entonces. Que pena.

Con la llegada de un nuevo siglo mis ansias "inventoras" estaban en su punto y regresé al estudio a grabar un disco ecléctico pero agradecido “Solo en septiembre” producido por la experimentada músico Ana Lourdes Martínez, con quien me unía una añeja amistad de la época en que enamoraba a Magdalena y la visitaba en la ENIA (Escuela Nacional de Instructores de Arte) trabajar con Ana Lourdes, con la talentosa Beatriz Corona en las orquestaciones sinfónicas y con mi nuevo y último director musical Archie en los arreglos de grupo, me trajo nuevamente alegrías difíciles de emular. Mi corazón estaba al galope y hay momentos y circunstancias que no puedes ni debes evadir aún cuando las ineficaces gestiones del sello Unicornio para establecer los discos en mercados foráneos fallaran una y otra vez. Mi familia permanecía en paz, con cierta armonía, seguía enamorado, mis hijos sanos y algunos de mis amigos continuaban a mi lado ¿qué más pedir? Que lejos estaba de pensar que mi nuevo proyecto discográfico me devolvería angustias, depresiones, disgustos y algún contento; conocer a el productor y arreglista Juan Manuel Ceruto mientras grababa el disco de homenaje a la salsa “Algo en Común” en el 2001. “Algo en común” contiene temas originales míos pero montados en el carro de nuestra música bailable, arriesgada idea que apoyó y co-produjo mi camarada del GESI, Eduardo Ramos director artístico de Unicornio. Aunque es un disco que no pretende poner a bailar a nadie, ni armar una banda para hacer presentaciones, fue literalmente demolido por un eficiente y prestigioso crítico musical en las páginas del diario Juventud Rebelde lo que impidió, por el tono desafiante e indelicado del artículo, que no le volviera a dirigir la palabra. A veces soy así de determinante.

El disco ha seguido su paso sin penas ni glorias, desgraciadamente, porque tiene arreglos extraordinarios de Ceruto y Joaquín Betancourt y mereció correr mejor suerte aunque sirvió para que mis amistades, en algunas fiestas en casa, y cuando el alcohol inflama el miocardio, lo bailen sin descanso igual que un disco de los Van Van. El público tiende a encasillar a los artistas, yo soy un átomo libre y por suerte mis mejores amigos también.

En algún momento de principios del año 2001 mis amigos José María Vitier y su esposa Silvia viajaron a New York a ofrecer un concierto, a su regreso, y para mi sorpresa, me comentaron que el empresario que los contrató, Jay Peña, un simpático, listo y ocurrente dominicano criado en N.Y (les llaman Dominican York) quería que yo me presentara en un espectáculo llamado “¡New York, Santo Domingo viene a verte!” a mí me resultó un poco extraño pues aunque amo a la República Dominicana no nací allí, como todos saben, pero cuando Pepe Gundín, mi manager se comunicó con Jay su respuesta no puedo ser más elocuente: ¡Claro que Amaury no es dominicano de nacimiento, pero sí por adopción, los de la isla lo adoran, los de N.Y lo harán también!. Así fue como a principios del verano, terminada la grabación de "Algo en común" comencé a ensayar con todas mis fuerzas para hacer el debut soñado y en el sitio ideal. No podía fallar pues N.Y no perdona, aunque nunca me pasó por la mente la peregrina idea de que una presentación exitosa hiciese una carrera, la vida me lo había demostrado decenas de veces; otros se confunden, yo no. Ya habíamos disfrutado de la urbe Newyorkina en 1997, pero en plan de turismo, invitados por la SGAE y su director para Estados Unidos, un cubanoamericano muy buena persona, llamado Emilio. Repetimos en el año 2000.

En septiembre, veinte días antes de nuestra presentación ocurrieron los eventos que cambiaron al mundo para siempre: El ataque terrorista a las torres gemelas del World Trade Center y al Pentágono.

Amo esa ciudad y había vivido horas intensas y mágicas en mis visitas anteriores, nuestro corazón, el de Peti y el mío se estrujaron como el del resto de la humanidad y vivimos horas de tristeza, angustia y desolación. En lo que menos pensé fue en la cancelación del concierto, eso me pareció lo menos importante. Un sentimiento de orfandad sumado a una sensación de solidaridad con los rescatistas, el cuerpo de bomberos, el N.Y.P.D y las víctimas y sus familias nos invadió. Desde nuestra pequeña isla vivimos horas terribles que jamás hemos olvidado. Cuál no sería mi asombro cuando Jay se comunicó de nuevo: ¡Amaury, todo Broadway permanece cerrado, pero nosotros somos latinos y los latinos creen que lo que necesita nuestra ciudad es volver a cantar!!!!! La Oficina de Intereses de los Estados Unidos en Cuba nos otorgó las visas en minutos, no podían creer que estuviésemos dispuestos a viajar a una ciudad casi paralizada, en peligro y duelo. Nadie quería hacerlo. Todavía recuerdo al oficial de inmigración norteamericano, un moreno alto y robusto, que al entregarle el pasaporte, y con lágrimas en los ojos, me dijo un Welcome to New York salido de lo profundo de su alma.

Al fin, junto a un grupo de músicos dominicanos encabezados por mi amiga de siempre la cantante Sonia Silvestre, el cantautor Víctor Víctor, Maridalia Hernández (ex corista de Juan Luis Guerra) y el imponente jazzista Michael Camilo entre otros, nos presentamos en New York, con un cartel de sold out (todo vendido) en el hermoso teatro United Palace del alto Manhattan. Se programó que cantara tres temas y terminé interpretando ocho ante un público que conocía mis canciones y las cantaba conmigo y mejor que yo. Fue muy emocionante.

El año 2002 fue casi perfecto, mi manager y hermano Pepe, que es un hombre rápido y con los pies sobre la tierra, se las ingenió para que editáramos dos discos: “Amaury en vivo en el Hard Rock Café” y el álbum doble “Amaury, Muy Personal, 30 años de canciones” con una selección hecha por nosotros de lo más significativo que había grabado en 30 años de carrera discográfica. Los dos discos fueron editados en Cuba y en buena parte de Hispanoamérica, yo continué mis giras cada vez más numerosas y regresé a New York para ofrecer al alimón, como dicen los toreros, un concierto junto a Alberto Cortez llamado ingeniosamente, como creo que ya he dicho, “En un rincón del alma acuérdate de abril” nuevamente el cartel de entradas agotadas nos recibió a punto de empezar el show. Yo abría el espectáculo cantando unas diez canciones más unos tres bises y Alberto continuaba la segunda parte que terminó con un dúo improvisado y milagroso conmigo de su canción “Miguitas de ternura”, como no lo teníamos preparado, y supuestamente ya yo había hecho lo mío, me había hasta cambiado de ropa, y cuando el público reclamó mi presencia de vuelta al escenario, se me olvidó ponerme los zapatos (había festejado en el camerino empinándome sendos vasos de whiskey) y salí al tabloncillo descalzo, provocando una sorpresa que se convirtió en ovación. A veces, un descuido tiene su recompensa. El concierto compartido en New York con Alberto permanece en nuestras memorias y en la de muchos de los asistentes al mismo.

A principios de 2003 yo había escrito, y acumulado, una suficiente cantidad de canciones como para grabar tres discos y no exagero. Entre mis giras de 2002 compuse decenas de temas que esperaban ser grabados algún día pero ¿quién estaría interesado? ¿Por donde llevarlos estéticamente? El disco de “salsa” había pasado inadvertido (aún hoy amigos músicos se quedan pasmados cuando lo escuchan porque ni sabían que existía) y me encontraba desubicado, estar desubicado no es una de las características que me “adornan”, por lo mismo me sentía incómodo conmigo mismo.

Una noche de finales de enero de 2003 invitamos a Silvio y su esposa Niurka a cenar en casa, es algo que hacemos con frecuencia recíprocamente, y después del café Silvio, que es un amigo preocupado y curioso, me pidió que le cantara algunas de aquellas canciones inéditas. Lo hice, debo haber cantado unas seis, Niurka propuso que hiciera un disco solo con la guitarra y Silvio se entusiasmó hasta el punto de ofrecerme generoso que él quería producir mi próximo disco. Quedé asombrado y agradecido, le dije que sí con la confianza de que sus conocimientos ayudarían a que aquellos temas encontraran altura y acomodo.

En un principio solo nosotros dos tocaríamos todas las guitarras; yo las armonías base y él las guitarras adicionales sin arreglos hechos con anticipación, pura espontaneidad. Me exigió que estudiara la guitarra hasta el delirio pues el tiempo de estudios cuesta y sus tiempos, como es lógico, siempre han sido escasos.
Junto al ingeniero Miguel Ángel Bárzagas (Mikel) llegué al estudio Ojalá y comencé a grabar mis guitarras. Mikel tuvo un gesto que en principio no comprendí; me puso junto a la silla un cubo con agua y hielo, le pregunté ¿para que es esto? y me respondió con un lacónico ¡ya verás! Al final de la primera sesión de grabación mis muñecas estaban hinchadas de tanto tocar, entonces lo miré a través del cristal que separa al estudio de la cabina, le enseñé las manos y con una seña me indicó el cubo con el agua helada. Supe que hacer.

Durante semanas grabé mis guitarras acostumbrándome al rigor de Silvio que quería sacar lo mejor de mi. Poner luego las voces no fue tanto problema pero hacía mucho tiempo que yo no cantaba solo con una guitarra por acompañamiento y él quería un disco musicalmente impecable, y una voz casi desnuda, es un riesgo que no es fácil de asumir. Luego llegó su turno y vistió las canciones con ideas musicales, guitarrísticas y vocales que todavía me estremecen. Agregó sonidos percutidos, filarmónicas, Silvio las toca muy bien, y por el camino se le fueron ocurriendo otras ideas geniales; invitar a algunos amigos a participar, debo decir que todos a los que llamó respondieron con un profundo entusiasmo y desinterés. Primero llegó Niurka con las flautas y el clarinete, después José María Vitier a tocar el bajo y se sumó también Pancho Amat con el tres y el requinto, Mario Vizcaíno en algunas percusiones adicionales y para terminar la fiesta las cantantes Miriam Ramos y Anabell López que junto a Silvio me regalaron tres dúos (“Ya lo ves”, “Pídeme” y “Arrorró”. Quisiera señalar dos participaciones especiales: las voces del recientemente fallecido amigo Frank Bejerano y la de Mauricio Rodríguez, hijo de Silvio que por aquel año era apenas un niño. El disco, entre algunas intermitencias provocadas por mis giras, se demoró casi un año en completarse. El diseño de Eduardo Moltó, que trabajaba conmigo desde 1990 y las fotos de Alderete completaron la labor, el título del disco: “Trovador”. En alguna conversación, entre toma y toma, Silvio me sugirió que grabara una trilogía que viajara, desde el formato musical de la trova primigenia como el que hacíamos, hasta las baladas con que me identifica el público. Era una buena idea, otra más, y acepté el consejo.

“Trovador” de editó finalmente a inicios de 2004. El 2003 hubiera sido otro año perfecto si no hubiera ocurrido el accidente cerebrovascular de mi madre que la enfermó gravemente sin poder escuchar el disco ni regalarme otro beso. En la línea final de la canción “Las cosas que prefiero” incluida en “Trovador” me anticipo: “Mientras robaba el tren se cansó mi madre y empezaron las cosas a ser distintas”.

Murió, después de una larga agonía, en octubre de 2004 y mi vida, mi música, mis versos, nunca fueron los mismos. Así y todo, durante el 2004, porque el trabajo es mi mejor antídoto contra el dolor y la pena, comencé a grabar el segundo disco de la trilogía: “Juglar”.

Hay tiempos difíciles de transitar y compromisos de trabajo imposibles de posponer, 2004 es de esos años que quisiera no haber vivido porque todo a mi alrededor parecía romperse en pedazos tan pequeños que convirtieron mi alma en un amasijo de desuniones inapresables. Con esa sensación de impotencia comenzamos a grabar el disco “Juglar”.

Aprendí que no se puede tener el corazón en un sitio y el cerebro en otro, pero así, intelectualizándolo y todo, uno se cree invencible y hasta inmune ante los retos que te impone el destino, “No corras que de todas maneras la lluvia te alcanzará” decía mi abuela Delfina. Lo que he hecho es correr sin hacerle caso, la resultante: He vivido empapado. Recuerdo ahora, y hablando de ella porque viene al caso, que cuando falleció, mi padre, su hijo, estaba dirigiendo algún espectáculo masivo, llegaba al velorio, se acercaba a su féretro y al cabo de un rato lo venían a buscar por cualquier rollo en el dichoso show, él se volteaba hacia mí y me decía: ¡Amaurito, cuídame a la vieja que yo regreso pronto! y así le ocurrió toda la noche.
Mi madre, mientras yo entraba en coma en 1981 me abandonaba por un par de horas para actuar en el teatro Lázaro Peña cantando y haciendo reír como si todo dentro de ella no se estuviera desgajando.
Siguiendo esos comportamientos cuando mi padre murió en 1990, lo enterré y al día siguiente me fui a cantar a Caracas. Sin el más mínimo interés, ebrio de tristezas y solo porque me había comprometido comencé a grabar el disco “Juglar”. Hay veces que ni los más cercanos comprenden este extraño comportamiento familiar y lo juzgan, cuando digo los más cercanos no estoy siendo metafórico.

“Juglar” es un disco muy bien producido y arreglado por Juan Manuel Ceruto, mi productor de cabecera desde entonces, tiene una grabación impecable, pero escuchándolo para escribir esta estampa, noto una innoble frialdad en mi dicción, un distanciamiento, casi desidia, un no comprometimiento con lo que digo, una bipolaridad en mi comportamiento interpretativo; la cabeza en el estudio, mi cuerpo todo en el hospital donde mi madre estaba recluida. Terminando la grabación viajé a México para una reunión de trabajo con los de mi disquera, allí mismo, en el despacho del presidente de la compañía, tratando de negociarlo, soy el peor negociante del mundo, me enteré por una llamada de mi cuñado Ulises de su fallecimiento e hice los arreglos pertinentes para regresar a La Habana a como diera lugar al día siguiente. Llegando al aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México fui maltratado por la representante de Cubana de Aviación de la época que no tuvo la gentileza ni de darme el pésame y nos cobró, el pasaje de ida y vuelta cuando nosotros solo íbamos de regreso a un funeral en Cuba. Ella se llama Bárbara, todos la conocían por Barbarita, no recuerdo el apellido, luego fue promovida a vicepresidenta de la empresa, me sorprendió, y más tarde, como suele suceder, cayó presa por corrupción. Dios se toma sus plazos. Negar que me alegré sería mentir.

Al fin se editó “Juglar” en 2005 pasando sin penas ni glorias aunque al final tampoco me importó mucho. Había cumplido mi deber y era suficiente. Tiene algunos temas salvables que un día rescataré.

Tratando de armar mi rompecabezas existencial dejé de escribir canciones, todas las ideas tenían un toque de amargura, una suerte de desgarramiento y en 2006 mi manager y amigo Pepe Gundín le propuso al casi extinto sello discográfico Unicornio de los Estudios Abdala que editáramos una recopilación de dúos, algunos inéditos, que conformaban mi discografía y mis archivos personales. La tirada fue pequeña y el disco “Amaury Pérez; Los Dúos” desapareció de los anaqueles de las tiendas mucho antes de que tuviera tiempo de adquirir, para mi fonoteca, unos cuantos ejemplares.

Para el 2007, una vez fundada la disquera Colibrí se me ocurrió el más ambicioso proyecto discográfico hasta la fecha, el disco “Aguas Revisitadas 1979/2007” un disco doble con DVD incluido.

El disco “Bardo” de 2009 (Salió a la luz en 2010 por demoras en la edición del DVD) es un disco muy fresco, con un sonido ochentero, pulcro y cuidado por Orestes Águila, que también había sido el ingeniero de “Aguas Revisitadas” y una excelente producción de Juan Manuel Ceruto. Es un álbum que por su sencillez y transparencia disfruto mucho. Contiene 13 temas inéditos incluida una pequeña pieza instrumental para flauta, cello y guitarra (es de esos temas que escribo cuando padezco un apagón) y otras doce canciones de las que sinceramente no tengo quejas. La dirección del DVD y las fotos de Alderete son espectaculares y el diseño de Moltó una verdadera joya. “Bardo” completa la trilogía Trovador/Juglar/Bardo y es lo último que en materia discográfica se puede conseguir de mi cosecha autoral (“Enero del 83. Volumen I” se editará este año aunque se grabó en 2012)

Hay algo que omití a propósito en mis estampas anteriores para incluirla ya casi en las finales y son mis frágiles pero arriesgadas aventuras literarias.

Desde finales de los noventas y hasta hace poco nuestro hogar era, con una frecuencia de vértigo, un lugar de reunión de amigos músicos, cantores, poetas, artistas plásticos etc… no es que ya no lo sea, pero con los años algunas cosas menguan su intensidad y las reuniones tumultuarias ya no son tan frecuentes, el trabajo, la enfermedad de algunos, la emigración de otros, el paso del tiempo y hasta la muerte le pusieron un alto a aquellas orgías intelectuales.

Para amenizar las improvisadas tertulias empecé a escribir algunos cuentos cortos sin otro fin que entretener a mis amigos. Tres de ellos fueron advirtiendo que aquellos relatos tenían algún potencial y sugirieron entusiasmados que continuara escribiéndolos, ellos son la letrista, escritora y ahora artista de la plástica Silvia Rodríguez Rivero, y los escritores Fidel Antonio Orta y Abel Prieto. Yo me ilusiono con frecuencia y dediqué todas mis energías a poner en papel las ideas surrealistas que mi cerebro, normalmente hecho un trompo, pudiera generar con el decisivo impulso de sus opiniones. No me fue tan difícil y llegué a acumular más de treinta y tantos cuentos y relatos volviendo locos a mis camaradas leyéndoselos hasta por teléfono. Alguien me sugirió que los publicara, o fueron varios, no lo sé, con Peti siempre a la cabeza, yo me sentí verdaderamente halagado y de atrevido se los enseñé a la eminente escritora Marilyn Bobes y a la editora Ana María Muñoz Bachs, ambas también se encantaron e hicieron una labor de ajustes y cortes imprescindibles. De los treinta y tantos se publicaron veinticinco en 2004 con el título de “El dorso de las rosas” por la editorial Letras Cubanas y lo presentamos en una Feria del Libro. Debió ser por la curiosidad, no me llamé a engaños en un principio, pero cuando la tirada de 4,000 ejemplares se agotó en una semana, cambié de opinión. Ingenuamente me sentí un narrador natural, empírico, un iluminado y pensé hasta dejar de componer canciones para dedicarme por entero a la narrativa. Recuerdo que se lo comenté al gran Cintio Vitier en casa de su hijo José María y él, siempre generoso y sabio me recomendó: ¡Cuenta, cuenta, pero canta!

Por esos días, en medio de mi euforia intelectual, alguien me retó: ¡Cualquiera hace cuentos más o menos logrados, lo difícil es la novela! Como caminar por el filo de la navaja, como un imprudente equilibrista, es lo mío, comencé a escribir la novela “El infinito rumor del agua” una historia romántica sobre la amistad indestructible entre dos mujeres pese a la distancia que sobrellevan. Como en los cuentos, el tema de la separación a veces forzosa entre dos seres ya sea por fallecimiento o emigración está presente. El tono de la ficción es un tanto republicano como las novelas de Miguel de Carrión, la editorial UNIÓN la puso a circular con una emisión de 6,000 ejemplares y varias críticas la reseñaron con un entusiasmo poco usual para un novelista principiante. No tengo ni un libro pues también se agotaron por lo menos en las librerías de La Habana y aquí es muy complicado hacer reediciones. Por lo pronto me conformo utilizando las nuevas tecnologías para hacérsela llegar a los lectores de todas partes en dimensión digital.

Como siempre aparece un aguafiestas, un escritor y crítico de cierto prestigio me provocó: ¡La aceptación de una primera novela no es un asunto tan complicado porque la inocencia, como cuando aprendes un juego nuevo, bate a tu favor, el problema es la segunda! Y ahí, rápido, estaba yo escribiendo “Diez meses y veintinueve días” otra novela esta vez corregida por Rinaldo Acosta y publicada nuevamente por Letras Cubanas pero con una tirada de apenas 3,000 ejemplares que volaron en las manos de los lectores. La trama; unos jóvenes y supuestos “desertores” que deciden abandonar la formación coral a la que pertenecen y probar fortuna en Roma. No digo más.

He seguido escribiendo, pero con más lentitud y ya tengo casi listo un segundo volumen de cuentos cortos que he estado publicando por aquí. Entonces me propusieron hacer un programa de televisión llamado “Con 2 que se quieran”, acepté, y mi vida toda se volvió un remolino de tiempo inabarcable.


Durante muchos años, desde 1996 cuando hicimos el programa de entrevistas “Muy Personal”, Peti me insistía en que regresara a la televisión con otro programa como conductor, guionista y director general y durante esa misma cantidad de años le dije rotundamente que no. Cuando hicimos “Muy Personal” yo era un inocente muchacho que imaginaba que la televisión de mis nostalgias infantiles podía ser rescatada. Aquellos ocho programas me demostraron cuan equivocado estaba y quedé, como se dice popularmente, puesto y convidado. Más tarde se sumó a la amorosa cantaleta mi amigo el escritor Abel Prieto, y yo, con elegancia, busqué siempre una salida, un pretexto, un atajo, un asidero para negarme. No me imaginaba regresando a los estudios de TV y a de seguro ser presa de nuevos disgustos, nuestra televisión tiene tan poca autonomía de vuelo como los aviones bombarderos de la II Guerra Mundial. Quería dedicarle el tiempo que me quedara a componer canciones, grabar discos, hacer giras y escribir libros, presentía, porque no estaba seguro, que echarme al ruedo de un programa de televisión semanal impediría que continuara haciendo lo que más me gusta. No me equivoqué lamentablemente.

“Con 2 que se quieran” título de una canción y después de un programa de entrevistas que se transmitió durante año y medio cada martes a las 8 y 30 de la noche pero que nos llevó dos años de trabajo, surgió espontáneamente cuando insistí en que quería entrevistar al director de cine italiano Giuseppe Tornatore, de visita en Cuba a la cabeza de una muestra completa de su obra fílmica, para los archivos del ICAIC. Creo que algunas de esas enjundiosas entrevistas, donde un intelectual entrevista a otro, se han emitido en los raros horarios que la televisión destina a todo lo que no sea frivolidad y bobería. Debo decir que además de conocer a uno de mis ídolos cinematográficos me fascinó trabajar con el profesionalismo indestructible del personal artístico y técnico del ICAIC y esa misma noche llamé a Abel y a Peti, nos juntamos, y les di el sí quiero. Sería, fue una de mis condiciones, una coproducción entre el ICAIC, el Ministerio de Cultura con sus instituciones y el ICRT aunque éste último solo se ocupara de transmitirlo. Como me dijo una amiga en tono jocoso cuando le comuniqué la decisión tomada: “Amaury ese será un programa para intelectuales de izquierda deprimidos” en realidad fuera de Peti y Abel todos pensaban igual y me incluyo. Se grabaron un par de programas que llamamos pilotos, con el excelso bailarín Carlos Acosta y el gran actor Jorge Perugorría a ver que pasaba mientras diseñábamos la escenografía y el decorado definitivo. Tuvimos varias reuniones con los “interesados” donde se respiraba un ambiente de fracaso anticipado pero con un tono de socarronería. Como los criterios que tuve y tengo sobre la televisión que debemos tener ya me había causado ciertas incomprensiones en congresos y programas radiales, la televisión es parte de mi vida y quien la maltrata me maltrata, era hora de demostrarme sobre el terreno que estaba equivocado y que el refrán de zapatero a sus zapatos me venía como anillo al dedo. El actual Presidente del ICRT, con quien me une una amistad de muchos años y me conoce bien, fue generoso y comprensivo, el resto de su equipo no, y sigilosamente, como hacen los alacranes y las ratas, fueron contaminándolo todo con sus toxinas.

Ajustamos que serían solo sesenta programas y con figuras del mundo artístico e intelectual, no podía extenderme a otras áreas como científicos, políticos o deportistas. Acepté resignado la sugerencia y nos pusimos a trabajar.

Si quieres que un programa de televisión te quede medianamente bien le tienes que dedicar todo el tiempo y aunque en un principio tuve una legión de colaboradores para hacerme la labor menos dura terminamos trabajando severamente, el director de fotografía Rafael Solís, Abel, Peti, el extraordinario y talentoso editor Manuel Iglesias, amigo entrañable y extrañado, y yo. El equipo de rodaje terminaba su indispensable labor en el set y nosotros nos quedábamos dejando listo el programa para su emisión televisiva durante semanas y hasta altas horas de la noche a veces en condiciones no ideales. Un Vicepresidente del ICRT, a cargo de la emisión del programa, nos hizo la vida de cuadritos torpedeando, con su séquito de aduladores, cada nueva iniciativa, si alguna otra vez estuve a punto de enfermar gravemente fue cuando lidiaba con semejante lobo disfrazado de carnero. Apenas con seis o siete programas al aire hizo una encuesta donde intentó demostrar que el programa era un desastre de audiencia y que debíamos revisar si valía la pena continuarlo aunque ellos no arriesgaban ni un centavo. La gente en la calle opinaba lo contrario y por nuestra parte hicimos otro survey de receptores y “Con 2 que se quieran” ganaba adeptos semana tras semana hasta convertirse en uno de los programas más esperados de la TV.

Entrevistamos a músicos, cineastas, escritores y escritoras, bailarines y bailarinas, artistas plásticos, actores y actrices, etnólogos y etnólogas, humoristas, trovadores y trovadoras e intelectuales diversos, filósofos, curas y santeros. Nómbralos a todos haría interminable esta estampa, solo como dato añadiré que el programa uno tuvo como invitada a la gran vedette Rosita Fornés y el sesenta al trovador Silvio Rodríguez. Como anticipé no escribí una canción o un verso en casi dos años pero sin embargo alcancé la popularidad y con ella el cariño y el respeto de una parte importante del pueblo, fue una sensación tan grata y desconocida que me hizo olvidar todos los problemas y angustias que padecimos incluyendo el absoluto silencio de los medios impresos y la ausencia de menciones o premios. La popularidad cuando es ganada con esfuerzo y dedicación es un galardón que se recibe con gozo.

Muchos me preguntan aún si el programa regresará, a mi me gustaría, pero solo Dios tiene la respuesta, y mis diálogos con Él, transitan por caminos muy alejados de si hacemos o no un programa de televisión. Espero que sí y confío, pero hay decisiones que escapan de nuestros sueños más preciados o anhelos.


En esta mañana de marzo de 2013 me siento en la terraza, un tibio sol se filtra a través del flamboyán de mi confianza, desde la mecedora observo el pedazo de naturaleza que me toca, y respiro hondo. Tengo cincuenta y nueve años, nunca pensé llegar adonde estoy pues he abusado de mi buena salud ebrio de excesos, a veces no me reconozco en el espejo, pero es un desconocimiento pasajero, debo ponerme a dieta, bañarme, afeitarme, vestirme con colores suaves, mi perro descansa sobre mis muslos, Peti posa sus manos en mis hombros. Recuerdo que solo estamos nosotros tres para disfrutar del alba, el resto de la familia nos abandonó con excusas que acepto sin remedio. He hecho mucho más de lo que soñaba y hay rastros de mí que ignoro, pliegues de mi cuello, un ligero e inadvertido temblor en las manos, una dilatación de mi vientre, un suspiro inconcluso.

Tengo ganas de echarme a la mar sin pensar en otra cosa que no sea evitar que la corriente me arrastre tan cerca del horizonte que no encuentre el camino de regreso.

Repaso mis angustias, no han sido tantas.

He compuesto canciones, cantado, viajado, grabado discos, escrito libros, dirigido espectáculos, programas de televisión y aún estoy a salvo de la celebridad pasajera, que es, como sabemos, el olvido esperando su momento.

La mañana apura el paso, el rocío perece ante la lascivia de la luz, descubro una flor entre los arbustos, ¿ayer estaba ahí?, me visita un colibrí, inhibo los deseos de tomarme un trago, enciendo el segundo puro del día aún a sabiendas de que me hará daño tarde o temprano, inhalo un humo gris, quemante, una fumata que cobije el ambiente. Tengo religión, he sobrevivido a siete Papas, oro, siento el aliento del Dios que me acompaña.

Llamo a los amigos, cada vez son menos los que están a golpe de teléfono, intento darle un giro a las conversaciones de siempre, camuflarlas, lustrarlas, revestirlas entresacando cotidianidades, vuelvo a mis muertos y lecturas, escucho jazz, se acerca el mediodía, vuelo a la guitarra, me acecha una melodía inacabada, un calorcito incómodo perla mi frente, abro el correo, respondo lo que merece ser respondido, duermo una siesta breve y regreso al balancín. La tarde se apresura, el crepúsculo se anuncia ligero, el césped enmudece de sueño, lo recorro con una mirada lánguida, sonrío y entristezco a partes iguales, me desplazo en las añoranzas y estoy con mis hijos en el lugar del mundo que han elegido para sí.

Me hago preguntas para las que no encuentro respuestas, alguien me visita, lo recibo entusiasmado, veo un film, ceno frugalmente y cuando la noche bosteza me voy a la cama casi desnudo, lleno de hipnóticos, me duele la espalda, añoro un soneto que desprevenido me calme aquel dolor antiguo y pertinaz como la llovizna en los poros de Escocia. Peti me abraza, mi perro, a nuestro lado, llena la oscuridad con sonidos inabarcables, rezo un Padrenuestro, pido por los míos y antes de abandonarme en los entresijos del sueño diseño mi nuevo rostro, el del despertar, unas veces huraño y otras alegre, según el plan diario.

Un vecino me saluda, no lo hacen todos los que quisiera, y regreso a la rutina de un te quiero, un te amo, y un no me quiero y otro no me amo.

Programo terminar el disco “Enero del 83”, el fonograma interminable.

En algún momento, puede ser un segundo o una hora, me pregunto si he sido feliz y libre, verdaderamente feliz y libre, la respuesta nubla mi expresión, la escudriña, quiero gritarlo, que todos lo sepan, sin secretos ni máscaras venecianas, poner altavoces, encenderlos, que un alarido se vuelva multitud, que no quede un ser vivo sobre la tierra que no me escuche, ni un árbol viejo, ni una fruta madura, ni el aleteo de un gorrión, ni mi propia voz interior; Sí lo he sido, yo y mis pecados, yo y mis desaciertos, yo y mis congojas, yo y las distancias, yo y mis inseguridades, yo y mis inacabados talentos, yo y mis enemigos, yo y mi peor correspondencia, yo y mis miserias, mis mentiras inocentes, mis egoísmos, mi sarcasmo, esta manera de inventarme un personaje para hacer reír cuando todo muy adentro clama por una lágrima. Sí amigos míos, soy feliz, y espero serlo aún después de mi partida definitiva, del adiós particular y profundo, del último gracias.


¿Fin...?



AMAURY PÉREZ VIDAL / ENERO A MARZO DE 2013.



2 comentarios:

  1. Maravilloso texto, trate de copiarlo para enviarlo a personas en Cuba que no tienen internet y no me lo permite. Gracias Amaury

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  2. Amaury, talentoso, testarudo. Nunca entendiste dos cosas: Que el mas talentoso del grupo siempre fuiste TU y que las rosas no crecen el los fangueros.

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